—El 24 de abril próximo, como es el día de las elecciones, cumpliré con mi deber de elector. Iré a depositar mi papeleta en la urna. El 24 de abril seré verdaderamente ciudadano y nada más que ciudadano.

Apostaría que a los millares de electores franceses, semejantes a esos amigos míos, les importa un comino el asunto de las elecciones. Por otra parte, las estadísticas lo demuestran. Veo, por ejemplo, que en 1906 hubo en ciertas circunscripciones hasta una tercera parte de electores que no votaron, y que el promedio general de las abstenciones es de un cuarto o de un quinto del número de los inscritos.

Esos indiferentes son ordinariamente, nótese bien, hombres de ideas sanas, igualmente alejados de todo exceso reaccionario o revolucionario, y cuyo voto, sobre todo cuando los candidatos rivales tienen probabilidades más o menos iguales, podría modificar el resultado. Pero estiman más la libertad de hablar o de escribir que el derecho de elegir. Están convencidos de que un voto más o menos en uno de los platos de la balanza no podría inclinarse a tal o cual lado. Y creen también que la lucha es inútil y que hay que conformarse con lo inevitable, o que las cosas no irán ni mejor ni peor con el socialista Ribouldingue, que con el conservador Duriflard, tartampiones notorios.

Llevando un poco más adelante mi pequeña encuesta sobre la mentalidad de los lectores, he llegado a convencerme que no son sólo los abstencionistas los indiferentes. Podría afirmar que la masa de los franceses no concede mucha importancia a las elecciones. Las consideran como una simple formalidad administrativa que se efectúa periódicamente, como los discursos de apertura, o los concursos en las Facultades. Votando, hacen un esfuerzo, un ademán; pero no tienen en el corazón, ni fe ni entusiasmo: no van a una batalla.

En verdad, este pueblo tiene, en su complicidad, algo de desconcertante. Está poseído, como ninguno, de ansia de novedad y de progreso, y ninguno se advierte, desde ciertos puntos de vista, más carneril.

Tiene la pasión de la independencia; pero con tal que pueda burlarse de la autoridad—¡desde el Guignol!—y gozar de libertad de espíritu, no se cura de la tiranía que le rodea. Se queja sonoramente y muy a menudo, no del régimen político mismo, sino de los politicastros que lo deforman, y no intenta echarlos del Palais Bourbon, en donde se han fijado cómo el Doctor de la Dulzura, una vez enojado, echó a los mercaderes del templo. Deplora la ruina de la marina y vuelve a colocar en la cámara a los mismos hombres que han deteriorado la Armada. Se lamenta de la contaminación del Ejército, infectado por los sin patria, y no hará nada para reducir a la impotencia a los cultivadores de esos gérmenes mórbidos. Se encorva bajo el fardo cada vez más aplastante de los impuestos, y, con todo y que puja, queda como bajo la monarquía, taillable et corvéable à merci.

Esta indiferencia de la mayoría de los electores la conocen los candidatos y la aprovechan.

La literatura ligera y los caricaturistas explotan el asunto. Diálogo entre un candidato y su mujer: