—He encontrado mis circulares electorales de hace cuatro años.

—Pero ¿pueden servir todavía?

—¡Ya lo creo! ¡Como prometo siempre las mismas cosas!...

No querría que se creyese por esto que todos los candidatos son farsantes. Pero juzgo que a la mayor parte les falta sinceridad. Pues yo llamo sincero a aquel que, dándose cuenta de lo que significa su mandato, no disfraza la verdad exagerando el bien, paliando y velando el mal; a aquel que no promete sino lo que puede cumplir y que no lo promete sino porque está resuelto a ponerlo en práctica en seguida; a aquel que lucha por un ideal. Llamo sincero, en fin, al candidato que habiendo buscado y encontrado en la rectitud de su conciencia la manera de hacer el bien verdadero al país en general y no sólo a su circunscripción, pone toda su voluntad, toda su alma, todo su sér, en transformar su programa en actos, y que si no ha hecho todo lo que ha querido, ha hecho, de todas maneras, lo que ha podido.

He seguido día por día, se puede decir, la vida parlamentaria francesa en el curso de los últimos cuatro años. Y me he preguntado más de una vez, cómo los diputados de la mayoría, después de las numerosas y garrafales faltas que habían cometido, se presentarían y se justificarían ante sus electores al acabarse la legislatura. He leído en estos días muchos carteles y aun he asistido a algunas reuniones electorales. Y bien. Esos señores están completamente tranquilos. Fijáos. Se han votado las leyes complementarias de la separación de la Iglesia y del Estado. Se ha afirmado la defensa del Estado laico protegiendo la neutralidad escolar. Se ha proseguido la obra social poniendo en vigor la plausible ley de asistencia a los ancianos, protegiendo la infancia, ayudando a la asistencia privada, mejorando la higiene. Las poblaciones rurales aprovechan una gran parte en la actividad reformadora de la última legislatura; se ha extendido y generalizado el sistema de la mutualidad agrícola. Se ha favorecido igualmente a las poblaciones marítimas, reorganizando el crédito marítimo y mejorando la suerte de los inscritos. ¿Qué decir de las leyes en favor de los obreros y empleados? Sobre todo, de la ley de 5 de abril de este año, sobre el retiro de los obreros y labriegos, que quedará como la obra esencial y duradera de estos últimos años de república social. ¿Qué no se ha hecho también por el comercio y la industria?

Se han perfeccionado correos y telégrafos. Se han rebajado las tarifas postales, se ha revisado la tarifa aduanera de modo que ha hecho prosperar un gran número de industrias francesas; se ha rescatado, en condiciones excepcionalmente favorables, la red ferroviaria del Oeste. Se han aumentado los sueldos de los funcionarios y se han dado garantías contra el favoritismo. Se ha democratizado el Jurado y se ha dilatado la estrechez del viejo código napoleónico. No se ha descuidado la defensa nacional; se ha reorganizado la artillería; se han construído barcos de guerra; se ha mejorado la condición del soldado. La prosperidad financiera ha crecido. La política exterior se ha hecho el instrumento eficaz de la paz nacional. Y se ha hecho más. Y más. Y más. Y diré como un candidato, recientemente, a sus electores: «No concluiría, mis queridos conciudadanos, si quisiera enumerar todo lo que se ha hecho de bueno, de bello y de grande, por la Francia». En fin—tout à été pour le mieux dans le meilleur des mondes—tal podría ser «cándidamente» hablando la fórmula sintética y estereotípica que resume y fija lo que ha hecho la última legislatura. El difunto Alphonse Allais, de hilarante memoria, cuenta en una de sus «cosas» que durante un viaje por Egipto encontró una inscripción grabada sobre un bloque enorme de granito, del tamaño de los que sirvieron para construir las pirámides. La traducción para él fué la cosa más sencilla. Pero cuando llegó a la parte baja de la piedra, encontró escrito: «Tenga la bondad de dar vuelta a la página».

Los carteles electorales se parecen un poco al famoso granito de Alphonse Allais: no se les puede dar vuelta para conocer el fin de la historia. Pero estad seguros, en todo caso, de que no es toda la verdad lo que contiene la parte que podéis leer. No he encontrado allí la píldora de los 15.000 francos por diputado, tan difícil de hacer tragar a los electores. No he leído que se amenacen las libertades y los derechos más sagrados; que se aumenten cada año, por la superchería y el derroche, los gastos, la deuda y el déficit; que por el abandono y por la incuria se desorganice la defensa nacional; que se tenga toda suerte de complacencias con los directores de huelgas y agitadores revolucionarios; que haya impotencia para reprimir en la administración el desorden y la anarquía; que se va, por pretendidas reformas, contra todos los intereses, como si la prosperidad nacional, el comercio y la industria pudieran resistir por siempre a tan repetidos golpes.

En cuanto a los candidatos nuevos, a cualquier partido a que pertenezcan, sus franquezas me son sospechosas. Los unos, en efecto, conservadores o nacionalistas, exponen programas que radicales completos no desaprobarían. Llevados por una manera de respeto humano, hacen concesiones a aquéllos mismos cuyos principios rechazan, con tal de lograr los votos. Los otros, los del socialismo, prometen al pueblo, que en el fondo no pide tanto, una libertad tan completa, una justicia tan perfecta, una felicidad tan grande, que no se ve del todo, pues no saben los mismos parlanchines de esas verbales añagazas cómo van a edificar ese paraíso en donde los franceses de mañana van a danzar, en un placer sin límites, un delicioso perpetuo cake-walk.