—Sí, contestó el interpelado con una risa que parecía írsele subiendo trompa arriba. Estoy sujeto para toda la noche. Ya he oído lo que habéis estado hablando. Pero no tengáis miedo: no voy á acercarme.

Los bueyes y el camello dijeron entonces, casi en alta voz:

—¡Tenerle miedo al de las dos colas! ¡Qué bobería!

Y los bueyes prosiguieron:

—Sentimos que lo hayas oído; pero es la verdad. Dínos, Dos colas, ¿por qué les temes á los cañones cuando disparan?

—Veréis... dijo El de las dos colas, frotando una de sus patas traseras contra la otra, ni más ni menos que lo que suele hacer con las piernas un chico que recita unos versos: no estoy muy seguro de que me entendáis si os lo explico.

—No, no lo entenderemos; pero ello es que tenemos que arrastrar los cañones, dijeron los bueyes.

—Sí, ya lo sé. Y también sé que sois mucho más valientes de lo que os figuráis. Pero yo soy distinto. El capitán de mi batería me llamó, uno de estos días, anacronismo paquidermatoso.

—Esto será otra nueva manera de combatir, supongo yo; dijo Billy que empezaba á recobrar el uso de sus facultades.

—Tú no sabes lo que eso significa, por supuesto; pero yo sí. Significa una cosa que está entre dos aguas, ó entre dos luces, indecisa, y así estoy yo, precisamente. Yo veo claro dentro de mi cabeza lo que ocurrirá cuando reviente una bomba, y vosotros, bueyes, no podéis verlo.