—Pues yo sí puedo, dijo el caballo. Por lo menos, en parte. Y hago todo lo posible para no pensar en ello.
—Yo alcanzo á verlo mejor que tú, y ¡vaya si lo pienso!... Sé que hay en mí un buen corpachón que cuidar, y sé también que nadie sabe cómo curarme cuando estoy enfermo. Todo lo más que hacen es quitarle el salario á mi cornaca hasta que vuelvo á estar bien, y lo que es en él ninguna confianza puedo yo tener.
—¡Ah! contestó el caballo. Ahí está la clave de todo. Yo puedo fiarme de Dick.
—Pues lo que es á mí, podrías ponerme encima todo un regimiento de Dicks sin que me encontrara poco ni mucho mejor. Sé lo suficiente para no hallarme muy á gusto, y no lo necesario para seguir adelante, á pesar de todo.
—No lo entendemos, dijeron los bueyes.
—Ya sé que no. No es á vosotros á quienes me dirijo. Vosotros no sabéis lo que es sangre.
—Pues lo sabemos. Es una cosa roja á la que chupa la tierra, y que huele.
El caballo dió una coz, un salto y relinchó.
—No me habléis de eso, dijo. Me parece que la estoy oliendo ahora, con sólo imaginármela. Me da ganas de correr... cuando no llevo á Dick montado sobre mí.
—¡Pero si aquí no la hay! dijeron el camello y los bueyes. ¡No seas tan tonto!