—¡Es vil cosa!... dijo Billy. Á mí no me da ganas de correr; pero no quiero hablar de ella.

—¡Esa es la fija! exclamó El de las dos colas, moviendo la suya como para explicar mejor sus palabras.

—Sí, sin duda. Pero los fijos somos nosotros que hemos estado aquí toda la noche, dijeron los bueyes.

El de las dos colas dió una patada en el suelo, haciendo resonar su anillo de hierro.

—No os hablo á vosotros, dijo. No podéis ver lo que pasa dentro de vuestra cabeza.

—No. No vemos más que lo que pasa fuera, y cuatro ojos tenemos para ello. No vemos más que lo que está delante de nosotros.

—Si yo pudiera limitarme á hacer esto, no se os necesitaría á vosotros para que arrastrarais los cañones de grandes dimensiones. Si fuera como mi capitán (que ve las cosas en su cabeza antes de que empiece el fuego, y tiembla todo él, pero sabe demasiado para que se le ocurra la idea de escaparse), si yo fuera como él, entonces sí que podría arrastrar los cañones. Pero á ser tan sabio, no estaría, tampoco, aquí. Sería rey en la selva, como fuí en otro tiempo, durmiendo durante la mitad del día, y bañándome siempre que se me antojara. Hace un mes que no he podido bañarme á gusto.

—Muy bonito es todo eso, dijo Billy, pero el darle á las cosas rimbombantes nombres no las mejora en lo más mínimo.

—¡Chitón! contestó el caballo. Yo creo que entiendo lo que quiere decir Dos colas.

—Me entenderás de aquí á un instante, dijo este último de mal humor. ¡Á ver! ¿Quieres explicarme por qué á tí no te gusta esto?