Y comenzó entonces á hacer sonar furiosamente su trompa.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Calla! exclamaron Billy y el caballo al mismo tiempo.

Yo oí como pateaban y temblaban, porque el trompeteo de un elefante es siempre desagradable, y sobre todo de noche.

—¡No quiero callar! dijo El de las dos colas. ¿Me haréis ahora el favor de explicarme esto? ¡Rrrumf! ¡Rrrert! ¡Rrrumf! ¡Rrrah! Paróse, luego, de pronto, y pude yo oir en medio de la obscuridad algo que se quejaba, algo que pronto adiviné ser Vixen, que me había hallado, al fin. Sabía ella, tan bien como yo, que á nada teme tanto un elefante como á un perrito que ladra; por lo cual se paró, para molestar al de las dos colas, en el sitio donde estaba atado, y allí se estuvo ladrando entre sus enormes pies. Dos colas se agitó, queriendo huir, y comenzó á chillar.

—¡Márchate, perro! exclamó. No me vengas á oler los zancajos si no quieres recibir una patada. ¡Perrito bueno... perrito mono! ¡Vete! ¡Anda á tu casa, maldito animal que no para de ladrar! Pero ¿por qué no lo apartan de ahí? ¡Va á acabar por morderme!

—Paréceme, dijo Billy dirigiéndose al caballo, que nuestro amigo Dos colas tiene miedo de infinidad de cosas. Si á mí me dieran un buen pienso por cada perro que he lanzado, de una coz, al otro lado del campo de maniobras, estaría casi tan gordo como Dos colas.

Dí un silbido, y Vixen vino corriendo hacia mí, llena de barro toda ella, me lamió la nariz y contóme un larguísimo relato de sus aventuras en el campamento, mientras iba en mi busca. Nunca le había dicho que entendiera el lenguaje de los animales, porque, de lo contrario, se habría tomado conmigo toda clase de libertades. Así, pues, me contenté con ponérmela sobre el pecho, abotonando por encima de ella mi sobretodo, y El de las colas se movió cuanto quiso, pateó y gruñó, solo ya.

—¡Cosa más rara! dijo. ¡Es extraordinario! Viene ya de familia. Pero ¡á ver! ¿dónde se ha metido ahora aquel diablo de animalejo?

Oíle que iba tanteando con la trompa.

—De uno ú otro modo, todos parecemos tener algún punto flaco, prosiguió, soplando para limpiarse la nariz. Ustedes, caballeros, se alarmaron un poco, me parece, cuando oyeron el sonido de mi trompa ¿verdad?