—Alarmarnos, precisamente, no; pero á mí me causó la impresión de que me picaban algunos tábanos en el sitio en que otras veces llevo la silla. No vuelvas á empezar.

—Á mí me da miedo un perrito, y al camello que ahí está le asustan las pesadillas que tiene por la noche.

—¡Fortuna que no tenemos que combatir todos del mismo modo! dijo el caballo.

—Lo que yo quisiera saber, observó el mulo, que había estado callado durante largo tiempo, lo que yo quisiera saber es por qué tenemos que combatir, sea del modo que fuere.

—Porque nos lo mandan, dijo el caballo con un ronquido de desprecio.

—Una orden que nos dan, añadió el mulo. Y rechinó los dientes al decirlo.

¡Hukm hai! (es una orden), dijo el camello con un ruido gutural, y Dos colas y los bueyes repitieron ¡Hukm hai!

—Sí; pero ¿quién es que da las órdenes, dijo, entonces, el muleto, el recluta.

—El hombre que va á tu lado... ó se te sienta encima... ó sostiene la cuerda que te atan á la nariz... ó te retuerce la cola... dijeron, sucesivamente, Billy, el caballo, el camello y los bueyes.

—Pero ¿quién les da á ellos las órdenes?