—Eso es querer saber demasiado, joven, dijo Billy, y es exponerse á recibir una coz. Tú no has de hacer más que obedecer al hombre que te guía, y no meterte á preguntar nada.

—Tiene razón, dijo El de las dos colas. Yo no siempre puedo obedecer, porque estoy como entre la espada y la pared; pero ello es que Billy tiene razón. Obedece al hombre que tienes al lado y que te da la orden, ó, de lo contrario, toda la batería tendrá que pararse por tu culpa; esto sin contar la paliza que te llevarás.

Levantáronse los bueyes para marcharse.

—La mañana se acerca, dijeron. Nos volvemos á nuestros puestos. Es cierto que nosotros no vemos más que con los ojos, y que no nos pasamos de listos; pero, así y todo, somos, esta noche, los únicos que no hemos tenido miedo. ¡Buenas noches, valientes!

Nadie contestó, y el caballo dijo, entonces, para mudar de conversación:

—¿Dónde está el perrito aquel? Un perro significa siempre que no anda lejos un hombre.

—Aquí estoy, ladró Vixen... bajo la cureña, con mi amo. ¡Como tú, camello, gran bestia, atolondrado, fuíste y nos echaste á rodar la tienda!... Mi amo está muy incomodado contigo.

—¡Psché! dijeron los bueyes. ¡Debe de ser un blanco!

—Por supuesto que sí. Pues ¿qué os figuráis? ¿Que á mí me cuida algún boyero negro?

¡Huah! ¡Ouach! ¡Ug! dijeron los bueyes. Vámonos pronto.