Lanzáronse por entre el barro, y con tan poco acierto que, sin saber como, metieron por el yugo que llevaban la lanza de un carro de municiones y se quedaron allí cogidos.
—Os habéis lucido, dijo con gran calma Billy. No forcejéis. Aquí os toca estar hasta que se haga de día. Pero ¿qué diablos os pasa ahora?
Lanzaron los bueyes aquellos largos y silbantes ronquidos que suele dar el ganado en India, y empujáronse, chocaron uno contra otro, dieron vueltas, patearon, resbalaron, y casi cayeron en el barro, gruñendo con salvaje furia.
—Mirad que vais á romperos el pescuezo, dijo el caballo. ¿Qué tenéis con los hombres blancos? Yo vivo con ellos.
—¡Se... nos... comen! ¡Tira! ¡Tira! contestó el buey que más cerca estaba. Saltó á pedazos el yugo, y ellos marcháronse juntos, andando pesadamente.
Hasta entonces no supe por qué el ganado indio le teme tanto á los ingleses: nosotros comemos buey, (cosa á la que nunca toca allí un boyero), y, por supuesto, al ganado no le gusta eso.
—Que me azoten con las mismas cadenas de mi basto si podía yo pensar que dos enormes pedazos de carne como ésos iban á perder la cabeza de tal modo, dijo Billy.
—No importa. Yo voy á ver á ese hombre. Sé que la mayor parte de los blancos llevan cosas en los bolsillos.
—Pues entonces te dejo. No soy muy aficionado á ellos. Por otra parte, hombres blancos que no tengan un sitio en que dormir es casi seguro que serán ladrones, y yo llevo encima una parte, bastante regular, de propiedad del Gobierno. Ven, muchacho: vámonos á nuestros puestos. ¡Buenas noches, Australia! Supongo que nos encontraremos mañana en la parada. ¡Buenas noches, costal de paja, y procura dominar un poco tus impresiones! ¿eh? ¡Buenas noches, Dos colas! Si nos encontramos mañana en el campo de maniobras no vayas á hacer sonar la trompa. Nos desbaratarías todas las filas.
Marchóse Billy, el mulo, renqueando un poco y balanceándose con el aire de un veterano, mientras la cabeza del caballo venía á oliscar en mi pecho. Dile bizcochos, y Vixen, que es una de las perritas más vanidosas que he visto, le contó infinidad de mentiras sobre las docenas de caballos que entre ella y yo poseíamos.