—Mañana iré á ver la parada en mi carruaje, en mi dog-cart, dijo. ¿Dónde estaréis?
—Á la izquierda del segundo escuadrón. Yo marco el paso para toda mi compañía, damisela, dijo él muy cortesmente. Pero tengo que volver á donde está Dick. Mi cola está hecha una lástima de barro, y lo menos, trabajando mucho, necesitará él dos horas para ponerme en disposición de ir á la parada.
Ésta, la gran parada de treinta mil hombres, verificóse aquella tarde, y en ella Vixen y yo ocupamos excelente sitio, junto al Virrey y el Emir del Afganistán, el cual llevaba su alto y enorme gorro negro de astracán con la gran estrella de diamantes en el centro. Todo sol fué la primera parte de la revista. Los regimientos fueron desfilando como oleadas de piernas que se movieran todas á la vez, y como multitud de fusiles puestos en línea, hasta que, al fin, los ojos se nos iban ya al mirarlos. Entonces llegó la caballería, al compás de la hermosa música para medio galope llamada Bonnie Dundee, y Vixen enderezó una de sus orejas, allá en el sitio del dog-cart en que iba sentada. El segundo escuadrón de lanceros pasó rápidamente, y allí estaba nuestro caballo, con la cola como seda acabada de hilar; la cabeza inclinada sobre el pecho; una oreja hacia delante y otra hacia atrás; marcando el compás para todo el escuadrón; moviendo las piernas con tanta suavidad como se mueven las notas de un vals. Vinieron, luego, los cañones de grandes dimensiones, y ví al de las dos colas, y á dos elefantes más, enganchados en fila á un cañón de sitio de los de cuarenta, mientras veinte parejas de bueyes caminaban detrás. La séptima pareja llevaba un yugo nuevo, y parecía estar cansada, moverse con cierta dificultad. Al fin venían los cañones de montaña, y Billy, el mulo, iba como si fuera él quien tuviera el mando de todas las tropas, llevando los arreos tan limpios y relucientes, gracias á una capa de aceite, que despedían luz. En mi interior llegué yo á vitorear á Billy, el mulo; pero él no se dignó mirar á derecha ni á izquierda.
Comenzó á llover de nuevo, y, durante algún tiempo, la neblina impidió ver lo que las tropas hacían. Habían formado un gran semicírculo en la llanura, y se desplegaban, luego, en línea recta. Fué creciendo ésta, creciendo, creciendo, hasta que llegó á ocupar cerca de un cuarto de legua desde una á otra ala, formando como sólido muro de hombres, caballos y cañones. Dirigióse, entonces, hacia el Virrey y el Emir, y, al estar cerca, la tierra empezó á temblar como la cubierta de un vapor que va á toda máquina.
Á no haberlo visto allí mismo, no podréis nunca formaros idea del pavoroso efecto que causa ese firme avance de tropas hacia los espectadores, aún cuando saben éstos que aquello no es más que una parada. Miré al Emir. Hasta entonces no había dado muestras de sentir el menor asombro, ni nada; pero, en aquel instante, sus ojos comenzaron á agrandarse, más y más cada vez, y, echando mano á las riendas de su caballo, miró hacia atrás. Pareció, por un momento, que iba á desenvainar el sable y á abrirse paso por entre los ingleses é inglesas que ocupaban los carruajes colocados detrás de él. Luego, el avance paró de pronto; la tierra quedó quieta; la línea entera saludó; y treinta bandas de música rompieron á tocar. Era esto el final de la revista, y los regimientos volviéronse, bajo la lluvia, á sus campamentos, mientras una banda de infantería tocaba:
De dos en dos los animales
¡Hurra!
de dos en dos iban marchando,
así elefantes como mulas...
¡y se metieron en el Arca
para guardarse de la lluvia!
Entonces oí como uno de los jefes asiáticos, de larga y entrecana cabellera, que había venido junto con el Emir, hacía algunas preguntas á un oficial indígena.
—Ahora, dijo, explicadme por qué medios ha podido llevarse á cabo tan sorprendente cosa.
Y contestó el oficial:
—Dióse una orden, y la obedecieron.