—Por ahora, no mucho, contestó Ikki, haciendo sonar sus púas muy estirado y violento; pero lo que es más tarde, veremos. ¿Sigues aún dando chapuzones en la laguna que hay en la roca, allá en las Peñas de las Abejas, Hermanito?
—No. El agua es tan tonta que se va marchando, y no tengo ganas de romperme la cabeza, dijo Mowgli, que en aquella época creía saber tanto como cinco juntos de cuantos formaban el Pueblo de la Selva.
—Pues todo eso te pierdes. Si te la rompieras un poco, quizá por la abertura te entraría algo de juicio.
Echó á correr Ikki, bajando la cabeza para que Mowgli no le estirara las cerdas del hocico, y el muchacho le contó luego á Baloo lo que aquél había dicho. Púsose el oso muy serio, y murmuró entre dientes:
—Si estuviera solo cambiaría ahora de cazadero, antes de que empezaran los demás á cavilar. Sin embargo, el cazar en país forastero acaba siempre en lucha, y bien podría ser que le hicieran daño al Hombre-cachorro. Hay que esperar y ver cómo florece el mohwa.
Aquella primavera, el árbol de mohwa, al que tanto cariño tenía Baloo, no floreció. Los verdosos, lácteos capullos, semejantes á la cera, murieron antes de nacer, á consecuencia del calor, y sólo algunos mal olientes pétalos cayeron cuando él sacudió el árbol, puesto en dos patas contra el tronco. Luego, el incesante calor fué entrando, pulgada á pulgada, en el corazón de la Selva, volviéndolo todo amarillo, primero, de color de tierra, después, y, por fin, negro. La maleza que crecía á los lados de los torrentes fué secándose hasta convertirse en algo semejante á rotos alambres, y en enroscadas fibras de una materia muerta; las escondidas lagunas fueron perdiendo gradualmente el agua y se quedaron llenas de barro, conservando en los bordes hasta la más leve huella, como si hubiera sido vaciada en un molde de hierro; las enredaderas de jugoso tronco cayeron de los árboles desde los cuales colgaban, y se murieron al pie de ellos; los bambúes se secaron, produciendo agudo ruido cuando el viento caliente soplaba; y el musgo comenzó á morirse, dejando desnudas las rocas, hasta en el corazón de la Selva, tanto que quedaron peladas y ardientes como los azules guijarros que centelleaban en los cauces.
Desde los comienzos del año los pájaros y los monos emigraron hacia el Norte, porque sabían lo que iba á venir; y el ciervo y el jabalí se internaron por entre los muertos campos de los aldeanos, muriéndose ellos también, algunas veces, á la vista de los hombres, que se hallaban demasiado débiles para matarlos. Chil, el milano, quedóse, y con ello tuvo ocasión de engordarse, porque hubo carroña para él en abundancia, y cada tarde les llevaba la noticia á las fieras, cuya postración impedía que buscaran nuevos cazaderos, de que el sol estaba matando á toda la Selva en una extensión de tres días de estar volando, desde allí, en todas direcciones.
Mowgli, que nunca había sabido lo que significaba el tener hambre de veras, tuvo que echar mano de miel vieja, de tres años, raspada de abandonadas colmenas hechas en la roca... miel negra como la endrina y espolvoreada toda ella con azúcar seco. Dedicóse también á cazar gusanillos de los que taladran la corteza de los árboles, y les robó no pocas veces á las avispas sus avisperos. Toda la caza que había en la Selva no era más que piel y huesos, y Bagheera mataba tres veces en una sola noche sin llegar á obtener apenas lo que necesitaba para saciar su apetito. Pero lo peor de todo era la falta de agua, porque aunque el Pueblo de la Selva bebe raras veces, ha de beber, sin embargo, en gran cantidad cada vez.
Y el calor fué siguiendo, y secó toda humedad, hasta que, al fin, el álveo del rio Wainganga fué el único sitio por donde pasara un hilillo de agua entre las muertas márgenes; y cuando Hathi, el elefante salvaje, que puede vivir hasta cien años ó más, vió un largo, descarnado y azul banco de piedra asomar, completamente seco, en el centro mismo de la corriente, comprendió que aparecía ante su vista la Peña de la Paz, y, de cuando en cuando, levantó la trompa y proclamó la Tregua del Agua, como su padre la había proclamado antes que él, cincuenta años atrás. El ciervo, el jabalí y el búfalo hicieron coro con ronca voz; y Chil, el milano, voló en todas direcciones, describiendo círculos, silbando y chillando, para extender la noticia.
Según la Ley de la Selva, se castiga con pena de muerte al que mata en los sitios destinados á beber, desde el momento en que la Tregua del Agua ha sido proclamada. La razón que para esto hay es que el beber es antes que el comer. Cualquiera puede ir pasando en la Selva, más ó menos bien, cuando sólo es la caza lo que escasea; pero el agua es el agua, y cuando no hay más que un manantial donde pueda obtenerse, toda caza queda suspendida, mientras el Pueblo de la Selva tenga que ir allí por necesidad. En las estaciones buenas, cuando el agua era abundante, los que iban á beber al río Wainganga (ó á cualquier otro sitio, que para el caso era lo mismo), lo verificaban arriesgando la vida, y este riesgo contribuía, en no pequeña parte, al atractivo de las excursiones nocturnas. Moverse con tal habilidad que ni una hoja temblara al paso; cruzar á vado, hundiéndose hasta la rodilla, en los sitios en que el agua es baja y cuyo ruido apaga todo otro rumor; beber, mirando hacia atrás por encima de un hombro, con cada músculo pronto para dar el primer desesperado salto de loco terror; revolcarse sobre la arena de la orilla y regresar después, con el hocico húmedo y bien repleto el vientre, á la manada que os admira... todo eso, para el gamo joven y dotado de buenos cuernos, era cosa deliciosa, precisamente porque todos sabían que, cuando menos pensaran, Bagheera ó Shere Khan se lanzarían, acaso, sobre ellos y les quitarían la vida. Pero, ahora, todo ese juego, que podía ser mortal, había terminado: el Pueblo de la Selva llegaba, hambriento y triste, al río cuyo cauce parecía haberse encogido, y el tigre, el oso, el ciervo, el búfalo, el jabalí, todos juntos, bebían en las sucias aguas y se quedaban allí mismo, sin fuerzas para moverse.