Yendo de un lado á otro habían estado todo el día, en busca de algo mejor que cortezas secas y hojas muertas, el ciervo y el jabalí. Los búfalos no hallaron ni lodazales en que refrescarse, ni verdes sembrados en que entrar á saco. Abandonaron la Selva las serpientes y descendieron al río, con la esperanza de encontrar allí alguna rana perdida. Enroscábanse en torno de alguna piedra húmeda, y ni hacían frente al jabalí cuando el hocico de éste iba á sacarlas de su sitio. Las tortugas de río, tiempo hacía que habían sido exterminadas por Bagheera, cazadora habilísima, y los peces se habían enterrado profundamente ellos mismos en el seco barro. Sólo la Peña de la Paz se extendía á través del agua poco profunda, como si fuera larga sierpe, y las leves, fatigadas ondulaciones de la corriente, silbaban al dar contra sus cálidos costados y evaporarse.
Allí iba cada noche Mowgli en busca de fresco y de compañía. El más hambriento de todos sus enemigos apenas hubiera hecho caso, entonces, del muchacho. Su desnuda piel le hacía parecer aun más flaco y miserable que ninguno de sus compañeros. El cabello habíasele descolorido, con el sol, hasta parecer estopa; destacábansele las costillas como si fueran los mimbres de un cesto, y los bultos que le habían crecido en las rodillas y en los codos, por la costumbre de arrastrarlos por el suelo caminando á gatas, daban á sus reducidos miembros el aspecto de manojos de yerbas trenzadas. Pero, bajo aquella melena enredada y como entretejida, veíanse unos ojos fríos, reposados, porque Bagheera, que era su consejera en aquellos tristes días, le advirtió que anduviera calmosamente, cazara despacio, y nunca, por ningún motivo, se incomodara.
—Malos tiempos son éstos, dijo la pantera negra una noche en que el calor era como el de un horno; pero ya pasarán, si no nos morimos antes. ¿Te has llenado el estómago, hombrecito?
—Algo metí en él; pero no me aprovecha. ¿No te parece, Bagheera, que las lluvias se han olvidado de nosotros y que no volverán ya más?
—¡No! Aún veremos florecer el mohwa, y engordarse los cervatos con la yerba fresca. Vente á la Peña de la Paz á saber noticias. Súbete á mi espalda, Hermanito.
—No es ésta época de cargar pesos. Aún puedo tenerme en pie sin que me ayuden; pero la verdad es que ni tú ni yo nos parecemos, por lo gordos, á los bueyes bien cebados.
—Miróse Bagheera los costados, verdaderos harapos cubiertos de polvo, y murmuró:
—Ayer noche maté un buey uncido al yugo. Tan pocas fuerzas me quedaban que creo que no me hubiera atrevido á saltarle encima si le hubiese visto en libertad. ¡Wou!
Mowgli se rió y dijo:
—Sí, buen par de cazadores estamos ahora tú y yo. Yo soy audacísimo para comer gusanillos. Y ambos se fueron, á través de la crujiente maleza, hacia la orilla del río, junto á la labor de encaje que formaban los montones de arena que, por todos lados, habían salido de él.