—El agua no puede ya durar mucho, dijo Baloo juntándose á ellos. Mirad hacia allá. Al otro lado se ven hileras de huellas que se parecen á los caminos que trazan los hombres.
Sobre el llano que se extendía á la orilla opuesta, la yerba, erguida, se había muerto, y quedaba como momificada. Las trilladas pistas del ciervo y del jabalí, todas en dirección del río, habían rayado la descolorida llanura con polvorientas ramblas, abiertas en la yerba de tres metros de altura, y, á pesar de ser temprano, cada larga avenida estaba ya llena de los que se apresuraban á ser los primeros en llegar al agua. Podía oirse á las hembras de los gamos y á los cervatos tosiendo, á consecuencia del polvo, del mismo modo que si éste fuera rapé.
Río arriba, en la curva que formaba el agua perezosa alrededor de la Peña de la Paz, y convertido en Guardián de la Tregua del Agua, estaba Hathi, el elefante salvaje, con sus hijos, demacrados, de color gris, balanceando el cuerpo á la luz de la luna... siempre balanceándolo. Algo más abajo estaba la vanguardia de los ciervos; descendiendo más aun, los jabalíes y los búfalos salvajes; y en la orilla opuesta, donde los árboles llegaban hasta tocar el agua, estaba el sitio aparte destinado á los carnívoros: el tigre, los lobos, la pantera, el oso, y los demás.
—En verdad que estamos bajo el peso de una sola Ley, dijo Bagheera, vadeando la corriente y mirando hacia las filas de cuernos, que chocaban unos con otros, y á los inquietos ojos que se veían en el lugar donde ciervos y jabalíes se empujaban. ¡Buena suerte á todos los de mi sangre, añadió, tendiéndose cuan larga era, con uno de sus costados fuera del agua, y luego entre dientes:
—¡Buena suerte sería la del que pudiera cazar aquí, á no ser por eso que se llama la Ley!
Al oído finísimo de los ciervos no se escaparon las últimas palabras, y rumor de azoramiento corrió á lo largo de las filas.
—¡La Tregua! ¡Acuérdate de la Tregua! exclamaron.
—¡Orden, orden! dijo con voz gutural Hathi, el elefante salvaje. La Tregua subsiste, Bagheera. No es ésta ocasión de hablar de caza.
—Nadie lo sabe mejor que yo, contestó Bagheera, dirigiendo sus miradas río arriba. No devoro más que tortugas... no soy más que una pescadora de ranas. ¡Ñaayah! ¡Quisiera poder alimentarme únicamente de ramas!
—También nosotros quisiéramos que lo hicieras, y mucho que nos gustaría, dijo, balando, un cervato nacido aquella misma primavera, y al cual Bagheera no le caía en gracia. Por muy abatido que estuviera el Pueblo de la Selva, nadie, ni aun el mismo Hathi, pudo menos de reirse con disimulo, mientras Mowgli, echado de codos sobre el agua, que estaba caliente, soltaba la carcajada y golpeaba la espuma con los pies.