—¡Bien has hablado, cornamenta en capullo! murmuró Bagheera. Cuando haya terminado la Tregua se te tendrá esto en cuenta.
Y le clavó los ojos, á través de las sombras, para tener la seguridad de reconocer al cervato.
Poco á poco la conversación se fué generalizando por todos lados en los sitios destinados á beber. Podía oirse al quisquilloso jabalí pedir con sus sordos ronquidos que le dejaran mayor espacio; á los búfalos gruñendo entre ellos, al andar al sesgo por los bancos de arena; á los ciervos contando lastimosos cuentos de sus largas y fatigosas caminatas en busca de comida. De cuando en cuando, dirigían alguna pregunta, en demanda de noticias, á los carnívoros que estaban al otro lado del río; pero las noticias eran siempre malas, y el bramador viento caliente de la Selva iba y venía por entre las rocas y las zumbantes ramas, esparciendo pedazos de las más jóvenes y polvo por encima del agua.
—También los hombres se mueren junto á sus arados, dijo un sambhur joven. Yo he encontrado á tres, entre la hora del crepúsculo y la noche. Estaban tendidos, completamente quietos, y sus bueyes con ellos, á su lado. Así estaremos nosotros, bien quietos y tendidos, dentro de poco.
—El río ha bajado desde ayer noche, dijo Baloo. Hathi ¿has visto nunca sequía como ésta?
—Ya pasará, ya pasará, contestó Hathi, lanzando agua al aire para que le cayera sobre la espalda y costados.
—Tenemos aquí alguien que no podrá resistir mucho tiempo, observó Baloo, y al decirlo miró en dirección del muchacho á quien tanto quería.
—¿Quién? ¿Yo? dijo indignado Mowgli, sentándose sobre el agua. Yo no tengo largo pelo con que cubrir mis huesos; pero... pero ¿y si se te quitara á tí la piel, Baloo?
Hathi tembló nada más que de pensarlo, y Baloo dijo con aire severo:
—Hombrecito, eso no está bien que se lo digas á un Maestro de la Ley. Nunca me ha visto nadie sin piel.