—Bien, yo no quise decir nada malo, Baloo; sino únicamente que tú eres, por decirlo así, como un coco con cáscara, y yo soy como uno que no la tuviera. Ahora bien, esa cáscara parda que tú tienes...

Estaba Mowgli sentado con las piernas cruzadas, razonando, como de costumbre, con el índice levantado, cuando, de pronto, alargó suavemente Bagheera una pata, y lo tiró de espaldas en el agua.

—Vamos de mal en peor, dijo la pantera negra al levantarse el muchacho farfullando algunas palabras. Primero, que hay que quitarle la piel á Baloo; luego, que es un coco... Pues mira, cuida que no haga él lo que hacen los cocos maduros.

—Y ¿qué es eso? preguntó Mowgli, á quien por un momento cogió distraído la advertencia y no la comprendió, aunque era uno de los más hábiles adivinadores de la Selva.

—Romperte la cabeza, contestó suavemente Bagheera, dándole otro empujón.

—No está bien que bromees á costa de tu maestro, dijo el oso, á la tercera vez de ir á parar Mowgli bajo el agua.

—¡No está bien! Pues ¿qué quisieras? Esa cosa desnuda, que anda corriendo siempre de aquí para allá, bromea, como los monos, con los que un tiempo fueron buenos cazadores, y nos tira de los bigotes, por juego, á los mejores de entre nosotros.

Quien así hablaba era Shere Khan, el tigre cojo, que descendía hacia el agua. Quedóse plantado un momento para disfrutar con la impresión que su vista producía á los ciervos al otro lado del río, y, luego, dejó caer la cuadrada cabeza llena de arrugas, comenzó á beber á lengüetadas, y refunfuñó:

—La Selva se ha convertido ahora en criadero de cachorros desnudos. ¡Mírame, hombrecito!

Miró Mowgli, clavó los ojos, mejor dicho, con el aire más insolente que le fué posible, y, al cabo de un instante, Shere Khan volvióse con visible malestar.