—¡Hombrecito por aquí... hombrecito por allá!... rugió sordamente, mientras seguía bebiendo. ¡Ea! El cachorro ese no es ni hombre ni cachorro, porque, de lo contrario, hubiera tenido miedo. En la estación próxima tendré yo que pedirle permiso para que me deje beber. ¡Augr!

—Bien podría ser que ocurriera esto, dijo Bagheera mirándole fijamente en los ojos. Bien podría ser. ¡Fú! ¡Shere Khan! ¿Qué abominable cosa es ésa que ahí nos traes?

Había el tigre cojo hundido la barba y la quijada en el agua, y oscuras, oleosas rayas flotaban, á partir de donde él bebía, siguiendo corriente abajo.

—¡Un hombre! dijo fríamente Shere Khan. Hace una hora que maté á un hombre.

Y siguió murmurando y rugiendo entre dientes.

Toda la fila de animales se estremeció, moviéndose presa de agitación, y por ella comenzó á correr un murmullo que, al fin, se convirtió en grito:

—¡Un hombre! ¡Un hombre! ¡Ha matado á un hombre!

Entonces, miraron todos hacia Hathi, el elefante salvaje; pero él parecía, en aquel momento, no oir. Nunca hace nada Hathi hasta que llega la hora, y ésta es una de las razones de que su vida sea tan larga.

—¡Matar á un hombre en esta estación! ¿Es que no tenías otra caza á mano? exclamó Bagheera, saliendo del agua teñida de rojo y sacudiéndose cada pata, como un gato, al salir.

—Maté por gusto, no porque necesitara carne.