Las últimas palabras resonaron como si fueran trompetas de plata, y los tres hijos de Hathi se adelantaron cosa de un paso, aunque ninguna necesidad hubiera de ello. Escurrióse Shere Khan sin atreverse ni á dar siquiera un gruñido, porque bien sabía lo que para nadie es cosa ignorada: que en último resultado el amo de la Selva es Hathi.

—¿Qué derecho es ese de que habla Shere Khan? murmuró Mowgli al oído de Bagheera. Matar á un hombre es siempre cosa vergonzosa. La Ley lo prescribe así. Y, sin embargo, dice Hathi...

—Pregúntaselo á él. Yo no lo sé Hermanito. Pero tenga ó no derecho, á no haber hablado Hathi ya le habría dado yo á ese carnicero cojo una lección. Venir á la Peña de la Paz poco después de matar á un hombre... y luego hacer gala de ello... eso es acción digna sólo de un chacal. Y además ha venido á ensuciar el agua.

Esperó Mowgli un minuto para darse ánimo, porque nadie se atrevía á hablar á Hathi directamente, y luego gritó:

—¿Cuál es el derecho que tiene Shere Khan, Hathi?

En ambas orillas hallaron eco sus palabras, porque el Pueblo de la Selva es curiosísimo, y acababan de presenciar algo que nadie, excepto Baloo, muy pensativo entonces, parecía entender.

—Es una antigua historia, dijo Hathi; una historia más vieja que la Selva. Callaos todos, en ésta y la otra orilla, y yo os la contaré.

Hubo uno ó dos minutos de barullo, pues los jabalíes y los búfalos se empujaban unos á otros, y, al fin, los que dirigían las manadas gruñeron, sucesivamente:

—Estamos esperando.

Hathi se adelantó, metiéndose, casi hasta las rodillas, en la laguna que se formaba junto á la Peña de la Paz.