Flaco y arrugado, como estaba, y con los colmillos amarillentos, su aspecto era, sin embargo, el que le correspondía: el del amo de la Selva, lo que todos sabían que era.
—«Bien sabéis, hijos míos, comenzó, que, de todas las cosas, la que más teméis es el hombre».
Oyóse un murmullo de aprobación.
—Este cuento reza contigo, Hermanito, dijo Bagheera á Mowgli.
—¿Conmigo? Yo pertenezco á la manada... soy un cazador del Pueblo Libre, contestó Mowgli. ¿Qué tengo yo que ver con los hombres?
—«¿Y no sabéis por qué le tenéis miedo al Hombre? continuó Hathi. Pues he aquí la razón: en el principio de la Selva, y nadie sabe cuando fué esto, los que de ella formábamos parte, andábamos juntos, sin sentir ningún temor unos de otros. En aquellos tiempos no había sequías, y hojas, flores y frutos crecían en el mismo árbol, no comiendo nosotros nada más que hojas, flores, yerbas, frutos y cortezas».
—Me alegro de no haber nacido en aquellos tiempos, dijo Bagheera. Las cortezas no sirven más que para afilar las garras en ellas.
—«Y el Señor de la Selva era Tha, el primer elefante. Él sacó á la Selva de las profundas aguas con su trompa; y, donde él trazó surcos en la tierra con sus colmillos, allí corren los ríos; y, donde él pegó con el pie, allí brotaron manantiales de agua potable; y cuando él hizo sonar la trompa... así... cayeron los árboles. De este modo fué hecha la Selva por Tha; y de esta suerte me contaron á mí el cuento».
—Pues no ha perdido nada en el tamaño al pasar de boca en boca, murmuró Bagheera, y Mowgli se tapó la cara con la mano para que no le vieran reir.