—«En aquellos tiempos no había trigo, ni melones, ni pimienta, ni cañas de azúcar, ni había tampoco chozas como las que todos vosotros habéis visto, y el Pueblo de la Selva no sabía una palabra del Hombre, y vivía en común, formando un solo pueblo. Pero, á poco empezaron las disputas por la comida, aunque hubiera pastos suficientes para todos. Eran unos holgazanes. Cada uno de ellos quería comer donde estaba echado, como, á veces, podemos hacer nosotros cuando las lluvias de la primavera son abundantes. Tha, el primer elefante, andaba ocupado creando nuevas selvas y encauzando ríos. No podía estar en todas partes, y, así, nombró al primer tigre dueño y juez de la Selva, con la obligación de que dirimiera todas las cuestiones que el Pueblo tenía el deber de someter á su juicio. En aquellos tiempos el primer tigre comía fruta y yerba, como todos los demás. Tenía igual tamaño que yo y era hermosísimo, todo él del color de las flores de la enredadera amarilla. No había rayas en su piel, en aquellos felices tiempos en que la Selva era joven. El Pueblo de la Selva en masa acudió ante él sin ningún temor, y su palabra era para todos la Ley. Acordaos de que os he dicho que no formábamos entonces más que un sólo pueblo.

Pero una noche hubo una disputa entre dos gamos (una pendencia por cuestión de pastos, como las que hoy solventáis con los cuernos y las patas), y dicen que, al hablar, ambos á la vez, ante el primer tigre, que estaba echado entre las flores, uno de los gamos le empujó con los cuernos, y el primer tigre se olvidó entonces de que era el dueño y el juez de la Selva, y, saltando sobre el gamo, le rompió el pescuezo.

Hasta aquella noche, ninguno de nosotros había muerto, y el primer tigre, al ver lo que había hecho, y enloquecido por el olor de la sangre, huyó hacia los pantanos del Norte, y nosotros, los de la Selva, al quedarnos sin juez, dimos en luchar unos con otros, y Tha que oyó el ruido, volvió entonces. Dijímosle unos esto, y otros lo otro; pero él vió al gamo muerto entre las flores, y preguntó quién lo había matado, y nosotros, los de la Selva, no quisimos decírselo, porque el olor de la sangre nos había enloquecido también. Corrimos de un lado á otro formando círculos, brincando, dando gritos y sacudiendo la cabeza. Entonces Tha dió á los árboles que tenían ramas bajas y á las enredaderas de la Selva la orden de que marcaran al matador del gamo de modo que él pudiera reconocerlo, y añadió:

—¿Quién quiere ser, ahora, dueño del Pueblo de la Selva?

Saltó en seguida el mono gris, que vive entre las ramas, y dijo:

—Yo quiero ser dueño de la Selva.

Rióse Tha al oirlo, y contestó:

—Así sea.

Después de lo cual marchóse de muy mal humor.

Hijos míos, ya conocéis al mono gris. Era entonces lo que es ahora. Al principio tuvo toda la compostura de un sabio; pero, al cabo de poco tiempo, comenzó á rascarse y á saltar, y, cuando Tha volvió, hallóle colgando, cabeza abajo, de una rama, burlándose de los que estaban en el suelo, y éstos, á su vez, se burlaban de él. Así pues, no había Ley en la Selva... sino únicamente estúpida charla y palabras sin sentido.