Entonces Tha nos llamó á todos y dijo:
—El primero de vuestros dueños trajo á la Selva la Muerte, y el segundo la Vergüenza. Pues bien: ya es hora de que tengáis una Ley, y una Ley á la que no podáis faltar. Ahora conoceréis al Miedo, y, una vez lo hayáis conocido, sabréis que él es vuestro amo, y todo lo demás vendrá por sí solo. Entonces nosotros, los de la Selva, dijimos:
—¿Qué es miedo?
Y Tha contestó:
—Buscadlo hasta que lo encontréis.
Fuimos, por lo tanto, de un lado á otro de la Selva buscando al Miedo, y de pronto los búfalos...
—¡Uf! dijo Mysa, el que dirigía á los búfalos, desde el banco de arena en que se hallaban.
—«Sí, Mysa, eran los búfalos. Volvieron, pues, con la noticia de que en una caverna, en la Selva, estaba sentado el Miedo, y de que no tenía pelo en el cuerpo, caminando sólo con las patas posteriores. Entonces, nosotros, los de la Selva, seguimos al rebaño hasta llegar á aquella caverna, y allí estaba el Miedo, de pie en la entrada, y tenía, como habían dicho los búfalos, la piel desnuda de pelo, y caminaba sólo con las piernas de atrás. Al vernos gritó, y su voz nos llenó de temor, del temor que nos inspira hoy esa voz cuando la oimos, y nosotros, entonces, atropellándonos unos á otros y haciéndonos daño, huímos, porque teníamos miedo. Aquella noche (así me lo dijeron), los de la Selva no nos echamos ya juntos como solíamos, sino que cada tribu fué por sí sola... el jabalí con el jabalí, el ciervo con el ciervo; cuernos con cuernos, cascos con cascos..., cada uno con su semejante, y así se acostaron todos en la selva, presa de agitación.
El único que no estaba con nosotros era el primer tigre, porque se ocultaba aún en los pantanos del Norte, y, cuando llegó hasta él el rumor de lo que habíamos visto en la caverna, dijo:
—Iré á donde está eso, y le romperé el cuello.