—¡Ah, ciego y loco! Le has quitado á la Muerte las cadenas que detenían sus pies, y ella seguirá tus huellas hasta que mueras. Tú enseñaste al hombre á matar.
El primer tigre, erguido junto al cadáver, dijo entonces:
—Está como estaba el gamo. Ya no existe el Miedo. Ahora juzgaré de nuevo á los Pueblos de la Selva.
Mas respondió Tha:
—Jamás volverán á buscarte los Pueblos de la Selva. Nunca cruzarán tu camino, ni dormirán cerca de tí, ni seguirán tus pasos, ni pacerán junto á tu cubil. Sólo el Miedo te seguirá, y con invisibles golpes te hará estar á merced suya. Él hará que la tierra se abra bajo tus pies; que la enredadera se enrosque á tu cuello; que los troncos de los árboles crezcan en grupos frente á tí, á mayor altura de la que tú puedes saltar; y, al fin, echará mano de tu piel para envolver á sus cachorros cuando tengan frío. Tú no le has tenido misericordia, y ninguna, tampoco, te tendrá él á tí.
Sintióse el primer tigre lleno de audacia, porque su noche no había pasado aún, y dijo:
—Lo prometido es deuda para Tha. ¿Me privará él de mi noche?
Y contestóle Tha:
—La noche que te concedí es tuya, como te dije; pero tienes que pagar algo por ella. Tú enseñaste al Hombre á matar, y él es discípulo que pronto aprende.
Continuó el primer tigre: