—No eran piezas de caza, y, además, me hubieran roto todos los dientes. Pero la Capucha Blanca dijo que un hombre (y hablaba como quien conoce á fondo la especie), que un hombre hubiera dado con gusto la vida nada más que por mirar todo aquello.
—Ya lo veremos, dijo Mowgli. Ahora recuerdo que hubo un tiempo en que fuí hombre.
—¡Calma!... ¡Calma! La prisa fué la que mató á la Serpiente Amarilla que se comió al sol. Hablamos nosotras dos bajo tierra, y yo hice mención de tí, diciendo que eras un hombre. Dijo, entonces, la Capucha Blanca (y advierte que ella es, en verdad, tan vieja como la misma Selva):
—Mucho tiempo hace que no he visto á un hombre. Que venga, y contemplará todas esas cosas, por la más insignificante de las cuales se dejarían matar muchísimos como él.
—Eso ha de ser, por fuerza, algún nuevo género de caza. Y, sin embargo, el Pueblo Venenoso no suele decirnos dónde hay alguna pieza de que apoderarse; son gente enemiga.
—Que no se trata de pieza ninguna, te he dicho. Es... es... no puedo decir lo que es.
—Iremos allá. Nunca he visto á una Capucha Blanca, y además deseo ver las otras cosas. ¿Las mató ella?
—Cosas muertas son. Dice que es la guardiana de todas.
—¡Ah!... Del mismo modo que un lobo vigila la carne que se ha llevado á su cubil. Vamos.
Nadó Mowgli hacia la orilla, revolcóse sobre la yerba para secarse, y ambos partieron en dirección de las Moradas Frías, la ciudad desierta de la cual cabe suponer que estáis enterados. No tenía Mowgli, entonces, el menor miedo del Pueblo de los Monos, pero, en cambio, éste sentía por él vivísimo horror. Sea como fuere, sus tribus corrían á la sazón por la Selva, y así las Moradas Frías se hallaban completamente solitarias y silenciosas, iluminadas por la luna. Kaa iba delante, y, dirigiéndose hacia las ruinas del pabellón de la reina que se elevaban sobre la terraza, deslizóse por encima de los escombros y se hundió en la casi enterrada escalera subterránea que descendía del centro del pabellón. Mowgli lanzó el grito que servía para las serpientes («tú y yo somos de la misma sangre») y siguió, sirviéndose, para andar, de las manos y de las rodillas. Arrastráronse durante largo espacio por un pasadizo inclinado, de innumerables vueltas y revueltas, y, por fin, llegaron á un sitio en el que la raíz de algún árbol muy grande, que crecía á más de nueve metros por encima de la altura en que se hallaban, había arrancado una de las pesadas piedras de la pared. Metiéronse por el hueco y se hallaron en una gran caverna, cuyo techo abovedado estaba, también, roto, en ciertos puntos, por raíces de árboles, de tal suerte que algunos rayos de luz penetraban en la obscuridad.