—He aquí un cubil bien seguro, dijo Mowgli enderezándose; pero está demasiado lejos para visitarlo diariamente. Y ahora ¿qué es lo que aquí se ve?

—¿No soy yo nada? dijo una voz, en medio de la caverna. Y Mowgli vió algo blanco que se movía, hasta que, poco á poco, irguióse ante él la más enorme cobra que jamás vieran sus ojos... un animal de cerca de dos metros y medio de largo, y descolorido, por estar siempre en la obscuridad, hasta haber adquirido color de marfil viejo. Aun las mismas marcas, como de espejuelos, que ostentaba en su extendida capucha, se habían desteñido, mostrándose ahora de un amarillo pálido. Tenía los ojos del color de rubíes, y, en suma, ofrecía el más sorprendente aspecto que pueda darse.

—¡Buena suerte! dijo Mowgli, que no abandonaba nunca ni los buenos modales ni el cuchillo.

—¿Qué noticias me traes de la ciudad? preguntó la cobra blanca sin contestar al saludo. ¿Qué me cuentas de la inmensa ciudad amurallada... la ciudad de cien elefantes, veinte mil caballos y tantas reses que no cabe el contarlas... la ciudad del Rey de veinte reyes? Yo me vuelvo sorda aquí, y mucho tiempo ha pasado ya desde que oí sus gongos[26] de guerra.

—Sobre nuestras cabezas no se extiende más que la Selva, dijo Mowgli. Entre los elefantes, conozco únicamente á Hathi y á sus hijos. Bagheera ha despaldillado á todos los caballos de una aldea, y... dime... ¿qué es un Rey?

—Ya te expliqué, dijo Kaa con suavidad á la cobra, ya te expliqué, desde hace cuatro lunas, que la ciudad no existía.

—La ciudad... la gran ciudad del bosque, cuyas puertas están guardadas por las torres del Rey... no puede perecer nunca. ¡La edificaron antes que el padre de mi padre saliera del huevo, y durará, aún, cuando los hijos de mis hijos sean tan blancos como yo! Salomdhi, hijo de Chandrabija, el cual era hijo de Viyeja, hijo, á su vez, de Yegasuri, fué quien la edificó en la época de Bappa Rawal. ¿Quién es el dueño del rebaño á que pertenecen vuesas mercedes?

—Eso es como un rastro perdido, dijo Mowgli volviéndose hacia Kaa. No entiendo su lenguaje.

—Ni yo. Es muy vieja. Madre de las cobras, aquí no hay más que la Selva, y así fué desde el principio.

—Pues entonces ¿quién es éste, preguntó la cobra blanca, que está sentado delante de mí, sin tenerme miedo, sin saber el nombre del Rey, y que habla nuestro lenguaje, valiéndose para ello de labios humanos?