Miró, en efecto, con los ojos medio cerrados, alrededor de la caverna, y luego levantó del suelo un puñado de algo que brillaba.

—¡Oh! exclamó, esto es como aquello con que juegan en la manada de los hombres; sólo que esto es amarillo, y aquello era de color obscuro.

Dejó caer las monedas de oro, y siguió adelante. El suelo de la caverna hallábase cubierto por una capa de oro y plata acuñados, de un espesor de más de metro y medio. Había estado al principio en sacos, que se rompieron, luego, esparciendo el metal, y, con los años, fuése éste apretando y sentando, como la arena durante el reflujo. Encima, dentro, y surgiendo de aquella masa, como restos de un naufragio que se levantan sobre la arena, había pabellones de elefante con joyas incrustadas en realces de plata, con planchas de oro forjado y adornos de rubíes y turquesas. Veíanse palanquines y literas destinados á llevar reinas, y cuyos marcos y correas eran plateados y con esmaltes, las varas con cabos de jade, y anillos de ámbar para las cortinas; había candeleros de oro con agujereadas esmeraldas colgantes, que temblaban sobre cada uno de los brazos; adornadas imágenes de olvidados dioses, de metro y medio de alto, todas ellas de plata y teniendo por ojos piedras preciosas; cotas de malla con incrustaciones de oro sobre el acero y guarnecidas de aljófar, ya cubierto de moho y ennegrecido; yelmos con cimeras y sartas de rubíes que tenían el color de la sangre de palomo; escudos de laca, de concha y de piel de rinoceronte, con tiras y tachones de oro rojo y esmeraldas en el borde; montones de espadas, dagas y cuchillos de caza con puño ó mango guarnecido de diamantes; vasos y cucharas de oro para los sacrificios, y altares portátiles de una forma que jamás se vé á la luz del día; tazas y brazaletes de jade; incensarios, peines y potes para perfumes y polvos, destinados al tocado femenino, todo ello en oro repujado; anillos para la nariz, brazales, diademas, anillos para los dedos y ceñidores, en tan gran número que era imposible contarlos; cinturones de siete dedos de ancho con diamantes y rubíes escuadrados, y cajas de madera, con triples grapas de hierro, en que las tablas se habían reducido ya á polvo mostrando en el interior los montones de zafiros orientales y comunes, ópalos, ágatas, rubíes, diamantes, esmeraldas y granates.

Tenía razón la cobra blanca. No había dinero que bastara ni para empezar á pagar el valor de aquel tesoro, escogido producto de siglos de guerra, saqueo, comercio y tributos. Sin contar las piedras preciosas, las monedas solas eran ya de inestimable precio, y el peso en bruto del oro y de la plata, únicamente, podía muy bien llegar á dos ó trescientas toneladas. Cada uno de los gobernantes indígenas en la India tiene hoy, por pobre que sea, un tesoro escondido al cual va añadiendo siempre algo; y aunque alguna vez, en el espacio de muchos años, tal ó cual príncipe instruido mande cuarenta ó cincuenta carretas de bueyes cargadas de plata para que se las cambien por títulos de la Deuda, la mayoría guarda su tesoro, y el secreto de que exista, con grandísimo cuidado, y exclusivamente para sí propio.

Como era natural que sucediera, Mowgli no entendió el significado de todo aquello. Los cuchillos despertaron algo su curiosidad; pero no le parecieron de tan fácil manejo como el suyo, y, por lo tanto, pronto los soltó. Halló, por fin, algo que realmente le sedujo, al verlo sobre un pabellón para elefante, medio enterrado entre las monedas. Era un ankus de cerca de un metro de largo, ó sea una aijada como las que se emplean, también, para elefantes, algo que tenía cierta semejanza con un bichero pequeño. El extremo superior era un redondo y brillante rubí, debajo del cual venían ocho pulgadas de mango tachonadas de turquesas en bruto, casi tocando una con otra, lo que ofrecía segurísimo asidero. Más abajo había un cerco de jade con un dibujo de flores que lo adornaba... sólo que tenía la particularidad de que las hojas eran esmeraldas, y las corolas rubíes hundidos en la fría y verde piedra. El resto del mango era una vara de purísimo marfil, mientras el extremo agudo (la punta y el gancho) era de acero con incrustaciones de oro, representando escenas de la caza del elefante, y esos dibujos atrajeron de modo especial á Mowgli, que vió en ellos algo que tenía más ó menos relación con Hathi el Silencioso.

La cobra blanca había estado, entre tanto, siguiéndole muy de cerca.

—¿No vale esto la pena de morir con tal de contemplarlo? dijo. ¿No te he hecho un grandísimo favor?

—No te entiendo, contestó Mowgli. Todas esas cosas son duras y frías, y no pueden servir, en modo alguno, para comer. Pero esto (y levantó el ankus), esto deseo sacarlo de aquí para verlo á la luz del sol. ¿No decías que cuanto te rodea es tuyo? ¿Quieres darme esto sólo, y yo te traeré ranas para que las comas?

La cobra blanca se estremeció, llena de malvado júbilo.

—Vaya si te lo daré, dijo. Todo voy á dártelo... hasta el momento de irte.