—Yo, no hay duda, balbuceó la vieja cobra. Hace mucho tiempo que no he visto al hombre, y, además, éste conoce nuestro lenguaje.
—Pero no se habló de matar. ¿Cómo puedo yo ahora volver á la Selva diciendo que le he traído aquí á morir? dijo Kaa.
—Yo no hablo de matar hasta que llega la hora. Y respecto á irte ó no irte tú, ahí está el agujero en la pared. Déjame, pues, en paz, matadora de monos. No tengo que hacer más que tocarte en el cuello, y la Selva no volverá ya á tener noticias tuyas. Jamás entró aquí hombre alguno que volviera á salir con vida. Yo soy la Guardiana del tesoro perteneciente á la ciudad del Rey.
—Pero si te digo, gusano blanco de esas tinieblas, que no hay ya Rey ni ciudad. ¡La Selva es la que reina en torno nuestro!
—Aún existe el tesoro. Mas verás lo que podemos hacer: espera un poco, Kaa de las Peñas, y mira cómo corre el muchacho. Hay aquí sitio suficiente para entregarnos á ese juego. La vida es algo bueno. ¡Corre de un lado á otro, y juguemos, muchacho!
Mowgli colocó, calmosamente, la mano sobre la cabeza de Kaa.
—Esa cosa blanca no ha tratado hasta ahora más que con hombres de los que forman parte de la manada humana. Á mí no me conoce, murmuró. Ella misma ha pedido esa clase de caza; otorguémosela, pues.
Había estado Mowgli, todo ese tiempo, de pie, sosteniendo el ankus con la punta hacia abajo. Arrojólo lejos de sí, con gran rapidez, y fué aquél á caer de lado, precisamente detrás de la capucha de la gran serpiente, clavando á ésta en el suelo. Como una exhalación lanzó Kaa todo su peso sobre aquel cuerpo que se retorcía, inmovilizándolo hasta la cola. Los colorados ojos parecían de fuego, y las seis pulgadas de la cabeza que quedaban libres golpeaban furiosamente á derecha é izquierda.
—¡Mata! dijo Kaa en el instante en que Mowgli echaba mano al cuchillo.
—No, contestó él, al sacarlo, nunca más mataré como no sea para procurarme comida. Pero ¡mira Kaa!