—No: Bagheera ha de ver esto. ¡Buena suerte!

Marchóse Mowgli bailando, blandiendo el gran ankus y parándose, de cuando en cuando, para admirarlo, hasta que llegó á aquella parte de la Selva donde solía estar con preferencia Bagheera, y la halló bebiendo, después de haber cazado, no sin cierta fatiga. Contóle Mowgli todas sus aventuras, desde el principio hasta al fin, y, de cuando en cuando, olfateaba Bagheera el ankus. Al llegar Mowgli á las últimas palabras de la cobra blanca la pantera lanzó un susurro especial de aprobación.

—¿Entonces, la cobra blanca dijo lo que realmente es? preguntó, en seguida, Mowgli.

—Nací en las jaulas del Rey de Oodeypore, y tengo la seguridad de conocer un poco á los hombres. Muchísimos de ellos darían muerte á tres de sus semejantes en una sola noche nada más que por tener esa gran piedra roja.

—Pero esa piedra no hace otra cosa que añadir peso. Mi brillante cuchillo, aunque pequeño, es mejor; y además... ¡mira! la piedra roja no sirve para comer. Por lo tanto ¿para qué esas muertes que dices?

—Mowgli, vete á dormir. Has vivido entre los hombres, y...

—Ya me acuerdo. Los hombres matan cuando no van de caza... matan por ociosidad y por gusto. Despiértate, Bagheera. ¿Á qué uso destinaron esa cosa con punta de espina, cuando la hicieron?

Abrió á medias los ojos Bagheera (que tenía mucho sueño) y guiñó maliciosamente.

—La hicieron los hombres para meterla en la cabeza de los hijos de Hathi, de modo que la sangre corriera. Yo he visto una semejante en la calle de Oodeypore, delante de nuestras jaulas. Cosa es ésta que ha probado la sangre de muchos como Hathi.

—Pero ¿por qué se la meten en la cabeza á los elefantes?