—Para enseñarles la Ley del Hombre. Como no tienen garras ni dientes, los hombres fabrican esas cosas... y aun otras peores.

—Siempre sangre y más sangre, aun en aquello que hizo la manada humana, dijo Mowgli con ademán de asco, y comenzando ya á sentirse algo cansado de sostener el peso del ankus.

—Si hubiera sabido eso no me lo llevo. Primero, sangre de Messua sobre sus ataduras, y ahora sangre de Hathi. No quiero usarlo más. ¡Mira!

Voló el ankus por los aires, lanzando chispas de luz, y se clavó de punta á más de veinticinco metros de distancia, entre los troncos de los árboles.

—Así quedan mis manos limpias de toda muerte, dijo Mowgli, frotando las palmas de aquéllas contra la fresca, húmeda tierra. Dijo la Thuu que la Muerte seguiría mis pasos. Es vieja, y blanca, y está loca.

—Sea blanca ó negra, trátese de muerte ó de vida, lo que es yo me voy á dormir, Hermanito. No puedo estar cazando toda la noche y aullando todo el día, como hacen algunos.

Marchóse Bagheera á un cubil que conocía, y usaba al ir de caza, á media legua de distancia. Mowgli encaramóse á un árbol que le pareció apropiado, anudó allí tres ó cuatro enredaderas, y, en menos tiempo del que se emplea en decirlo, se balanceaba ya en una hamaca, á quince metros sobre el nivel del suelo. Aunque no le molestara realmente la fuerte luz del día, Mowgli, siguiendo en esto la costumbre de sus amigos, la usaba tan poco como le era posible. Al despertarse entre el coro de chillonas voces de los habitantes de los árboles, era ya otra vez la hora del crepúsculo, y recordó haber soñado en las hermosas piedrecillas que acababa de tirar.

—Cuando menos, volveré á contemplar aquello una vez más, dijo, y se deslizó por una enredadera hasta tocar el suelo.

Ante él estaba Bagheera. Mowgli podía oirla olfatear en medio de la relativa obscuridad que reinaba.

—¿Dónde está aquello que tiene punta de espina? gritó Mowgli.