—Se lo ha llevado un hombre. Ahí está el rastro.
—Ahora veremos si la Thuu dijo la verdad. Si esa cosa puntiaguda es la Muerte, ese hombre morirá. Sigámosle.
—Mata primero, contestó Bagheera. Con el estómago vacío no se tiene muy buen ojo. Andan los hombres muy despacio, y la Selva está suficientemente húmeda para conservar hasta la más ligera señal del que haya pasado.
Mataron lo más pronto que les fué posible; pero casi tres horas habían transcurrido cuando hubieron terminado la comida, bebido y preparádose á seguir la pista. El Pueblo de la Selva sabe que no hay nada que compense el daño causado por la precipitación en las comidas.
—¿Crees tú que aquella cosa puntiaguda se volverá en las mismas manos del hombre contra él y lo matará? preguntó Mowgli. La Thuu dijo que era la Muerte.
—Ya lo veremos al llegar, contestó Bagheera, siguiendo al trote con la cabeza baja. No hay más que un pie (quería decir que no había más que un solo hombre) y el peso de esa cosa le ha hecho apretar el talón profundamente en el suelo.
—Efectivamente: esto es claro como un relámpago de verano, contestó Mowgli.
Y ambos tomaron el cortado y rápido trote con que se sigue un rastro, metiéndose ya dentro de los trozos de tierra iluminados por la luna, ya saliendo fuera, siempre tras las huellas de aquellos dos pies desnudos.
—Ahora corre muy aprisa, dijo Mowgli. Las señales de los dedos están muy separadas.
Siguieron por una tierra húmeda.