—Dejadle hablar. Ha observado fielmente nuestra Ley.

Al fin los ancianos de la manada gritaron con voz tonante:

—¡Dejad que hable el Lobo Muerto!

Cuando un jefe de la manada ha errado el golpe en la caza, dejando de matar á la pieza que perseguía, recibe el nombre de Lobo Muerto en todo lo que le queda de vida, que no es mucho por regla general.

Akela levantó con aire de fatiga la cabeza en que la vejez había impreso su sello:

—¡Pueblo Libre, dijo, y vosotros también, chacales de Shere Khan! Durante doce estaciones os he llevado á la caza, y de ella os he vuelto sin que ni uno de vosotros cayera en trampa alguna ó quedara inutilizado. Ahora he errado el golpe. Bien sabéis cómo vosotros mismos me llevasteis á atacar á un gamo que no había sido corrido previamente, para que así se viera más clara mi debilidad. Hábiles han sido vuestros manejos. Tenéis derecho á matarme ahora mismo, aquí, en el Consejo de la Peña. Por lo tanto no pregunto más que esto: ¿quién es el que va á quitar la vida al Lobo Solitario? Porque también á mí me asiste otro derecho, según la Ley de la Selva: el de exigir que os acerquéis á mí uno á uno.

Reinó entonces prolongado silencio, porque á ningún lobo le parecía muy agradable el tener un duelo á muerte con Akela.

De pronto Shere Khan rugió:

—¡Bah! ¿Qué nos importa lo que diga ese viejo chocho y sin dientes? ¡No tardará en morirse! El hombrecito ese es quien ha vivido ya demasiado... ¡Pueblo Libre! Mi presa fué desde el primer día: dádmelo. Cansado estoy ya de ese loco empeño de hacer de él un hombre-lobo. Durante diez estaciones no ha hecho más que molestar á todo el mundo en la Selva. Dadme á ese hombrecito, ó de lo contrario os prometo que he de cazar siempre aquí y no he de daros ni un solo hueso. El es un hombre, un chiquillo de los que los hombres tienen, y yo le odio hasta los tuétanos.

Entonces, más de la mitad de los lobos que formaban la manada aulló: