—¡Un hombre! ¡Un hombre! ¿Qué tiene que ver con nosotros hombre alguno? ¡Qué se vaya con los suyos!
—¿Y que vaya á alzar contra vosotros á toda la gente de los pueblos? No: dádmelo á mí. Es un hombre, y ninguno de nosotros puede mirarle de hito en hito en los ojos.
Akela levantó de nuevo la cabeza y dijo:
—De lo nuestro ha comido; con nosotros durmió hasta hoy; nos ha proporcionado caza; nada ha hecho que sea contrario á la Ley de la Selva...
—Además, yo pagué por él un toro cuando se le aceptó. Poco vale un toro; pero el honor de Bagheera es algo por lo cual acaso esté dispuesta á pelearse, dijo la pantera con voz que suavizó cuanto pudo.
—¡Un toro que fué pagado diez años atrás! gruñeron entre dientes los lobos de la manada. ¡Qué nos importan unos huesos roídos hace ya diez años!
—¿O, mejor, qué os importa una promesa? dijo Bagheera mostrando sus blancos dientes por debajo del labio. ¡Bien os sienta ese nombre de Pueblo Libre!
—Un cachorro humano no puede juntarse con el Pueblo de la Selva, rugió Shere Khan. ¡Entregádmelo!
—Por todo es nuestro hermano, excepto por la sangre, siguió diciendo Akela. ¡Y vosotros quisierais matarle aquí! En verdad que harto he vivido. Algunos de vosotros se alimentan de ganado, y de otros he oído decir que, bajo la dirección de Shere Khan, van de noche, protegidos por la oscuridad, á robar niños á las mismas puertas de las aldeas. De ello deduzco que sois cobardes, y que á cobardes estoy hablando. Cierto que he de morir, y mi vida carece ya de valor, mas, á tenerlo, yo la ofrecería en lugar de la del hombrecito. Pero por el honor de la manada (una bagatela de la cual os habéis olvidado desde que estáis sin jefe), yo os prometo que, si dejáis á ese hombre-cachorro volver con los suyos, no he de enseñaros los dientes cuando me llegue la hora de morir. Esperaré la muerte sin resistencia. Lo menos tres vidas se ahorrarán así. No puedo hacer más; pero si asentís á lo que os digo, no pasaréis por la vergüenza de matar á un hermano que ningún delito ha cometido... un hermano cuya vida fué defendida y comprada, de acuerdo con la Ley de la Selva, cuando se le incorporó á nuestra manada.
—¡Es un hombre... un hombre... un hombre! gruñeron los lobos, y la mayor parte de ellos comenzó á agruparse en torno de Shere Khan, que se azotaba los ijares con la cola.