—En tus manos está ahora el asunto, dijo Bagheera á Mowgli. Ni tú ni yo podemos hacer ya más que luchar contra todos.
Púsose Mowgli en pie llevando entre las manos la maceta del fuego. Estiró los brazos y bostezó mirando hacia el Consejo; pero estaba loco de ira y de pena al ver que los lobos, procediendo como lo que eran, le habían ocultado siempre el odio que por él sentían.
—¡Escuchadme! gritó. Ninguna necesidad hay de que estéis aquí charlando como si fuerais perros. Tantas veces me habéis dicho ya esta noche que soy un hombre (y en verdad que, por mi gusto, hubiera sido un lobo hasta el fin de mi vida), que empiezo á comprender que estáis en lo cierto. En adelante, no os llamaré ya hermanos míos, sino sag (perros) como os llamaría un hombre. Lo que haréis, ó dejaréis de hacer, no sois vosotros los llamados á decirlo. Asunto es éste que me corresponde á mí; y para que podáis haceros cargo de él más claramente, yo, el hombre, he traído aquí una pequeña porción de la Flor Roja que tanto os atemoriza á vosotros, como perros que sois.
Arrojó al suelo la maceta del fuego, y algunas de las brasas prendieron en un montón de seco musgo, que ardió al punto, mientras todo el Consejo retrocedía aterrorizado al ver elevarse las llamas.
Lanzó Mowgli sobre el fuego la rama que llevaba, y cuando ésta se encendió chisporroteando, comenzó á agitarla rápidamente por encima de los acobardados lobos.
—Ya no hay aquí más amo que tú, dijo Bagheera en voz baja. Salva la vida á Akela: fué siempre tu amigo.
Akela, el serio y ya viejo lobo que en su vida había pedido á nadie misericordia, dirigió á Mowgli una triste mirada, mientras éste se erguía completamente desnudo, la larga y negra cabellera caída sobre los hombros, iluminado por las llamas de la encendida rama que agitaba las sombras y las hacía temblar.
—¡Bueno! dijo Mowgli tendiendo pausadamente la mirada en torno suyo. Veo que no sois más que unos perros. Os dejo para irme con mi gente... si hay en el mundo semejante cosa. La selva es desde hoy campo vedado para mí, y es fuerza que olvide vuestra amistad; pero voy á mostrarme más generoso que vosotros: por la sola razón de que, exceptuando el ser hermano por la sangre, yo lo he sido todo para vosotros, os prometo que, cuando sea un hombre entre los hombres, no he de haceros traición, como vosotros me la habéis hecho á mí.
Dió al fuego un puntapié, y el aire se llenó de chispas.
—No habrá guerra, prosiguió, entre nosotros. Pero antes de dejaros, he de solventar una deuda. Dirigióse á grandes pasos hacia el sitio donde Shere Khan estaba sentado sobre sus patas, parpadeando con aire atontado al mirar las llamas, y cogióle por el puñado de pelo que tenía bajo la barba. Bagheera siguió á entrambos, en previsión de lo que pudiera ocurrir.