—¡Levántate, perro! gritó Mowgli. ¡Levántate cuando te habla un hombre, ó, de lo contrario, te abraso la piel!
Shere Khan bajó las orejas hasta dejarlas como aplastadas sobre su cabeza, y cerró los ojos, porque vió muy cerca de él la rama ardiendo.
—Ese cazador de reses dijo que me mataría en el Consejo, porque no pudo matarme cuando yo no era más que un cachorro. Así es como nosotros pagamos á los perros cuando llegamos á ser hombres. ¡Mueve no más que uno de tus bigotes, Lungri, y te hundo la Flor Roja en el gaznate!
Pególe á Shere Khan en la cabeza con la rama, y el tigre gimoteó con plañidera voz, como agonizante de terror.
—¡Bah! ¡Anda ahora, chamuscado gato de la Selva! Pero acuérdate de lo que te digo: cuando yo vuelva al Consejo de la Peña, como es bien que un hombre vuelva, será cubriendo mi cabeza con tu piel. Por lo demás, Akela queda en libertad de vivir, y del modo que mejor guste. No le mataréis, porque no es ésta mi voluntad. Ni pienso, tampoco, que vais á estar aquí más tiempo con la lengua colgando, como si fuerais algo más que perros que yo arrojo de este lugar... Por lo tanto ¡largo de ahí!
Ardía furiosamente el extremo de la rama, y Mowgli comenzó á vapulear con ella, á derecha é izquierda, á los que formaban el círculo, con lo cual echaron á correr los lobos aullando, al sentir que las chispas les quemaban el pelo. No quedaron, al fin, más que Akela, Bagheera y unos diez lobos que se habían puesto del lado de Mowgli. Entonces sintió éste en su interior una pena como jamás la había experimentado antes, y, tomando aliento, sollozó, y las lágrimas corrieron por su rostro.
—¿Qué es eso?... ¿Qué es eso? dijo. No quisiera abandonar la Selva, y no sé qué es lo que me ocurre. ¿Me estoy muriendo, acaso, Bagheera?
—No, Hermanito. Eso no son más que lágrimas, como las que derraman los hombres, díjole Bagheera. Ahora sí que eres un hombre, y no ya un cachorro humano, como antes. En verdad que la Selva se ha cerrado para tí desde hoy. Déjalas correr, Mowgli: no son más que lágrimas.
Sentóse, pues, Mowgli, y lloró como si el corazón fuera á rompérsele á pedazos. Era la primera vez que lloraba.
—Ahora, dijo, me voy con los hombres. Pero antes he de despedirme de mi madre; y así diciendo fuése á la caverna donde ella vivía junto con papá Lobo, y sobre su piel derramó nuevas lágrimas, mientras los cuatro lobatos aullaban tristemente.