No se metió Mowgli en este asunto, porque, como él dijo, ya sabía lo que eran frutas agrias y en qué árboles se cogían; pero cuando Fao, hijo de Faona (cuyo padre era el que indicaba las pistas en los tiempos de la jefatura de Akela) ganó en buena lid el derecho de dirigir la manada, de acuerdo con la Ley de la Selva, y cuando, á la luz de las estrellas, resonaron una vez más los antiguos gritos y canciones, Mowgli volvió á asistir al Consejo de la Peña, como en memoria de tiempos que pasaron. Si se le antojaba hablar, la manada aguardaba hasta que hubiera terminado, y se sentaba en la peña al lado de Akela, más arriba del sitio ocupado por Fao. Eran, aquéllos, días en que se cazaba bien y se dormía mejor. Ningún forastero se atrevía á entrar en las selvas que pertenecían al pueblo de Mowgli, como llamaban á la manada; los lobos más jóvenes crecían más fuertes y gordos, y abundaban los lobatos que había que llevar á la Peña para que los inspeccionaran. Iba siempre Mowgli á estas reuniones, acordándose de aquella noche en que una pantera negra compró á la manada la vida de un chiquillo moreno y desnudo, y al prolongado grito de: «Mirad, mirad bien, lobos», latía con fuerza su corazón. Otras veces se alejaba, internándose en la Selva con los que él consideraba como sus cuatro hermanos, probando, tocando y viendo toda clase de cosas nuevas.

Una tarde, á la hora del anochecer, mientras caminaba distraidamente por los bosques para ir á dar á Akela la mitad de un gamo que acababa de matar, mientras los cuatro se empujaban, medio riñendo y revolcándose por juego, oyó un grito como nunca se había vuelto á oir allí desde los tiempos en que vivía Shere Khan. Era lo que llaman en la Selva el feeal, una especie de horroroso chillido que da el chacal cuando caza siguiendo á un tigre, ó cuando tiene caza mayor á la vista. Si imagináis una mezcla de odio, de aire triunfal, de miedo y de desesperación, en un solo grito desgarrador, tendréis una idea del feeal que se oyó entonces elevarse, descender y vibrar en el aire, á lo lejos, del otro lado del Wainganga. Los cuatro lobos dejaron de jugar en el acto, con los pelos erizados y gruñendo. Mowgli echó mano al cuchillo y se paró, congestionado el rostro, arrugado el entrecejo.

—No hay por aquí ningún rayado que se atreva á matar... dijo.

—No es éste el grito del Explorador, contestó el Hermano Gris. Eso es alguna gran cacería. ¡Escucha!

Resonó de nuevo el grito, mitad parecido á un sollozo y mitad á una risa ahogada, ni más ni menos que si el chacal tuviera flexibles labios humanos. Respiró entonces Mowgli con fuerza y echó á correr en dirección de la Peña del Consejo, adelantándose por el camino á los lobos de la manada que también corrían hacia el mismo sitio. Fao y Akela estaban juntos sobre la Peña, y más abajo que ellos veíanse á los demás, sentados y con todos los nervios en tensión. Las madres y sus lobatos corrían hacia sus cubiles, porque cuando el feeal suena conviene que los débiles se hallen recogidos.

Nada se oía más que el rumor del Wainganga, corriendo entre la obscuridad, y las ligeras brisas del anochecer pasando entre las copas de los árboles, cuando de pronto, al otro lado del río, aulló un lobo. No era ninguno que perteneciera á la manada, porque éstos se hallaban todos alrededor de la Peña. El aullido se fué prolongando, adquiriendo un tono como de desesperación. «¡Dhole!», decía, «¡Dhole! ¡Dhole! ¡Dhole!» Oyóse ruido de cansados pasos por entre las rocas, y un demacrado lobo, con los costados llenos de rayas rojas, destrozada una de sus patas delanteras y cubiertas de espuma las quijadas, lanzóse en mitad del círculo y se echó jadeante á los pies de Mowgli.

—¡Buena suerte! ¿Quién es tu jefe? le preguntó gravemente Fao.

—¡Buena suerte! Soy Won-tolla, contestó el recién llegado.

Quería decir con esto que era un lobo solitario, que atendía á su defensa, á la de su compañera y pequeñuelos en algún aislado cubil, como hacen algunos lobos en la parte meridional del país. Won-tolla significa uno que no forma parte de ninguna manada. Al acabar de hablar quedóse jadeando, y con tal fuerza le latía el corazón que á cada latido todo su cuerpo se movía.

—¿Quién anda por ahí? dijo Fao, porque esto es lo que todos preguntan en la Selva en cuanto se oye el feeal.