Algo sabía, también, Akela respecto á los perros jaros, porque dijo en voz baja á Mowgli:

—Más vale morir entre todos los de la manada que sin guía y solo. Ésta es una cacería magnífica... y será la última en que yo tome parte. Pero, á juzgar por los años que suelen vivir los hombres, á tí, Hermanito, te quedan aún muchas noches y muchos días de vida. Vete hacia el Norte y acuéstate allí, y si alguien queda vivo después del paso de los dholes ya irá á llevarte noticias del resultado de la lucha.

—¡Ah! contestó Mowgli con toda la gravedad posible, ¿es que he de irme á coger pececillos en las lagunas y á dormir en un árbol, ó quieres que pida á los Bandar-log que me ayuden á cascar nueces mientras la manada queda ahí abajo batiéndose?

—La lucha será á muerte. Tú no te has encontrado nunca con los dholes... con los Asesinos rojos. Hasta el rayado...

¡Aowa! ¡Aowa! exclamó Mowgli con mal humor. Yo maté á un mono rayado, Shere Khan, y estoy seguro que lo que es él hubiera sido capaz de abandonar á su propia compañera, para que se la comieran los dholes, si el viento hubiese llegado á traerle el olor de la manada, aunque entre ambos se hallaran tres bosques de por medio. Pues bien, escucha: hubo una vez un lobo que era mi padre, y una loba que era mi madre, y otro lobo viejo y gris (no muy discreto á veces, y blanco ahora) que era para mí como mi padre y mi madre juntos. Así, pues (y aquí levantó más la voz) yo afirmo que cuando vengan los dholes, si vienen, Mowgli y el Pueblo Libre lucharán como iguales contra ellos; y digo, por el toro que me rescató (por aquel toro que Bagheera pagó por mí en aquellos tiempos de que ya no os acordáis los de la manada), digo... para que lo tengan presente los árboles y el río que me oyen, si es que yo lo olvido... que este cuchillo que ves será para la manada como un colmillo más con que ha de contar... y no me parece, en verdad, que su filo esté muy embotado. Eso es cuanto he de decir, y ésa la palabra que empeño.

—No conoces tú á los dholes, hombre que hablas como los lobos, dijo Won-tolla. Yo no deseo más que pagar la deuda de sangre que con ellos tengo pendiente antes de que me hagan pedazos. Avanzan despacio, matando á medida que se alejan, y dentro de dos días habré recobrado ya algo las fuerzas perdidas, con lo cual podré volver á la lucha. Pero en cuanto á vosotros, Pueblo Libre, mi opinión es que os vayáis hacia el Norte y que os contentéis con comer poco durante el tiempo que tarden en pasar los dholes. Es ésta una cacería en que no hay que buscar carne.

—¡Mirad con qué sale ahora el solitario! exclamó Mowgli riendo. ¡Pueblo Libre! ¡Tenemos que huir hacia el Norte y dedicarnos á coger lagartos y ratas por miedo de tropezar con algún dhole! Hay que dejarles á ellos que maten todo lo que quieran en nuestros cazaderos, mientras nosotros nos escondemos en el Norte hasta que se les antoje devolvernos lo que es nuestro. ¡No son más que unos perros (y mejor dicho unos cachorros), rojos, con el vientre amarillo, sin cubiles, y con pelos que les crecen entre los dedos de las patas! En sus camadas vénse seis ú ocho pequeñuelos, como en las de Chikai, el diminuto ratoncillo saltador. ¡Es indudable que hemos de huir, Pueblo Libre, y pedirles por favor á los del Norte que nos dejen comer alguna res muerta! Ya sabéis el adagio: «en el Norte hay miseria; en el Sur piojos. En cuanto á nosotros, somos la Selva». Escoged, pues, escoged. ¡La cacería ha de valer la pena! ¡Por la manada... por toda la manada; por los cubiles y las carnadas; por lo que se mata dentro y fuera de aquéllos; por la compañera que persigue al gamo y por los más pequeños de los lobatos que estén en las cavernas... juremos la lucha... juremos... juremos!

Contestó la manada con un ladrido profundo, que estalló resonando en la noche como si fuera el ruido de la caída de un árbol enorme.

—¡Lo juramos! gritaron los lobos.

—Quedaos con ellos, dijo Mowgli á los cuatro. No habrá diente que no haga aquí falta. Fao y Akela que lo preparen todo para la batalla. Yo voy á contar los perros.