—¡Eso es la muerte! gritó Won-tolla, levantándose á medias. ¿Qué puede hacer ése, que ni siquiera tiene pelo, contra los perros jaros? Acordaos de que hasta el Rayado...

—Vamos, que eres un verdadero solitario, repuso Mowgli; pero ya hablaremos de esto cuando los dholes estén muertos. ¡Buena suerte para todos!

Echó á correr por entre la obscuridad, presa de tal agitación que apenas miraba donde ponía los pies, y la natural consecuencia de ello fué el caerse cuan largo era sobre los grandes anillos de Kaa, la serpiente pitón, en el sitio donde ésta estaba echada al acecho frente á un sendero frecuentado por los ciervos cerca del río.

¡Kscha! dijo Kaa malhumorada. ¿Es proceder al estilo de la Selva el venir aquí haciendo ese ruido con los pies, caminando tan torpemente, para estropearle á uno el trabajo de toda una noche... y precisamente cuando la caza se presentaba tan bien?

—Confieso que he estado torpe, dijo Mowgli levantándose. Verdaderamente, en tu busca iba, Cabeza Chata; pero cada vez que nos encontramos te has engordado y has crecido un pedazo tan largo como uno de mis brazos. No hay en la Selva nadie como tú, discreta, anciana, fuerte y hermosísima Kaa.

—Á ver... ¿á donde vas á parar por este camino? dijo Kaa con voz algo más suavizada. No ha cambiado aún la luna desde que un hombrecito armado de un cuchillo me tiraba piedras á la cabeza llenándome de insultos, más furioso que un gato montés, porque yo dormía al raso.

—Sí, y espantabas á todos los ciervos que Mowgli venía persiguiendo, y esa Cabeza Chata estaba tan sorda que ni oía mis silbidos para que dejara libre el camino por donde los ciervos pasan, contestó Mowgli con gran calma, sentándose entre los pintados anillos de la serpiente.

—Y ahora este mismo hombrecito viene con palabras suaves y halagadoras diciéndole á aquella misma Cabeza Chata que es discreta, y fuerte, y hermosa, y ella se deja persuadir, y le hace sitio... así... á aquel que le tiraba piedras, y... ¿Estás bien? ¿Podría Bagheera ofrecerte asiento tan cómodo?

Como de costumbre, bajo el peso del cuerpo de Mowgli, Kaa había convertido el suyo en una especie de blanda hamaca. Tendióse el muchacho, en medio de la obscuridad, y se enroscó sobre aquel cuello flexible, semejante á un cable, hasta lograr que la cabeza de Kaa descansara sobre su hombro, y entonces le refirió cuanto había pasado en la Selva aquella noche.

—Lista puedo ser, dijo Kaa cuando hubo terminado él, pero lo que es sorda también lo soy, sin ningún género de duda. De lo contrario, hubiera oído el feeal. Ya no me extraña que los que viven de hierba se hallen tan inquietos. ¿Cuántos son los dholes?