—No lo he visto aún. Vine corriendo á encontrarte. Tú eres más vieja que Hathi. Pero, Kaa... (y al decir esto temblaba Mowgli de puro contento) ¡qué magnífica cacería va á ser! Pocos de nosotros vivirán cuando cambie la luna.

—¿Es que tú también vas á tomar parte en esto? Acuérdate de que eres un hombre, y de cuál fué la manada que te arrojó de ella. Deja que el Lobo y el Perro se arreglen. Tú eres un hombre.

—Las nueces de antaño son ogaño tierra negra, contestó Mowgli. Cierto que soy un hombre, pero paréceme haber dicho esta noche que era un lobo. Por testigos puse al río y á los árboles. Pertenezco al Pueblo Libre, Kaa, hasta que hayan pasado los dholes.

—¡Pueblo Libre! murmuró Kaa... Dí, más bien, pandilla suelta de ladrones. ¿Y tú te has ligado á ellos, en busca de una muerte segura, sólo por la memoria de aquellos lobos que ya no existen? Eso no es saber cazar.

—He dado mi palabra. Los árboles lo saben y el río también. Hasta que el dhole se haya ido no quedaré libre del compromiso.

—¡Ah! La cosa cambia, así, por completo. Pensé llevarte conmigo á los pantanos del Norte, pero palabra es palabra, aunque sea la de un hombrecito desnudo y sin pelo como tú. Así, pues, yo, Kaa, digo á esto que...

—Piensa bien lo que vas á decir, Cabeza Chata, para que no resulte que también tú te has ligado más de lo conveniente. No necesito que me des palabra de hacer nada, porque bien sé que...

—Bueno: sea, contestó Kaa. No daré palabra alguna; pero ¿qué piensas hacer cuando vengan los dholes?

—Tienen que pasar á nado el Wainganga. Pues bien: yo pensaba salirles al encuentro, cuchillo en mano, cuando crucen algún sitio de poca agua, y llevar detrás de mí á la manada, para que, á cuchilladas y atacados por los míos, tuvieran que retroceder un poco río abajo ó ir á refrescarse el gaznate.

—Los dholes no retroceden, y, en cuanto á su gaznate, hierve siempre, contestó Kaa. Cuando esta cacería termine no quedará ya hombrecito ni lobato, sino únicamente los huesos.