—No, no nades. Yo me deslizaré rápidamente. Ponte sobre mi espalda, Hermanito.

Apretó Mowgli el brazo izquierdo alrededor del cuello de Kaa, dejó caer el derecho, bien pegado al cuerpo, y puso los pies de punta. Entonces Kaa embistió contra la corriente como sólo ella era capaz de hacer, mientras la ondulación del agua formaba en torno del cuello de Mowgli como una gorguera y sus pies se balanceaban en el remolino que se veía á cada lado de la serpiente. Á un kilómetro ó dos más arriba de la Roca de la Paz, el Wainganga se estrecha al pasar por una garganta que forman unas rocas de mármol de veinticinco á treinta metros de altura, y la corriente se desliza como por el canal de un molino entre toda clase de pedruscos. Pero Mowgli no hizo caso del agua: poca habría en el mundo que llegara á preocuparle ni por un momento por el miedo que le causara. Miraba á cada lado de aquella estrecha garganta y resollaba fuertemente como molestado, porque se sentía en el aire un olor, mitad como de algo dulce y mitad como de algo agrio, que era muy parecido al olor de un gran hormiguero en día caluroso. Instintivamente metióse todo él bajo el agua, levantando sólo la cabeza, de cuando en cuando, para respirar, y entonces Kaa ancló, por medio de una doble torsión de la cola en torno de una roca hundida, sosteniendo á Mowgli en el hueco que formaban sus anillos, mientras el agua corría.

—Esto es la Morada de la Muerte, dijo el muchacho. ¿Por qué hemos venido aquí?

—Duermen, dijo Kaa. Hathi no tuerce su camino cuando ve al Rayado. Y, sin embargo, tanto Hathi como el mismo Rayado se apartan cuando vienen los dholes, pero de éstos se dice que no cambian de dirección por nada. Ahora bien: ¿ante quién retrocede el diminuto Pueblo de las Rocas? Dime, amo de la Selva, ¿quién es el verdadero amo?

—Éstas, susurró Mowgli. Aquí mora la Muerte. Vámonos.

—No, mira bien, porque ahora están durmiendo. Todo está como estaba cuando yo no era más larga de lo que es tu brazo.

Las rajadas y carcomidas rocas de aquella garganta del Wainganga habían servido desde el principio de la Selva para el diminuto Pueblo de las Rocas: las laboriosas y feroces abejas negras de la India; y, como Mowgli sabía perfectamente, todo rastro de animal torcía hacia un lado ú otro á más de ochocientos metros antes de llegar á aquel sitio. Durante siglos, el Pueblo Diminuto había tenido allí sus enjambres y pululado de grieta en grieta, juntándose una y otra vez, manchando el blanco mármol con miel seca y fabricando sus panales, altos y profundos, en la obscuridad de las cavernas interiores, donde ni los animales, ni el fuego, ni el agua pudieran llegar nunca. En toda su longitud, la garganta parecía adornada con negras cortinas de terciopelo de un brillo débil, y Mowgli se sintió desfallecer al verlo, porque aquella especie de cortinas eran los millones de abejas amontonadas que allí dormían. Había, además, otros pedazos, y adornos, y cosas que parecían carcomidos troncos de árbol prendidos sobre la superficie de las rocas, restos viejos, abandonados, ó nuevas ciudades fabricadas al abrigo de aquella garganta resguardada del viento; y enormes masas de esponjosos panales, ya podridos, habían rodado desde lo alto, pegándose entre los árboles y enredaderas que parecían agarrarse á la superficie de las rocas. Como se pusiera el muchacho á escuchar oyó más de una vez el ruido que producían, al deslizarse, los panales repletos de miel, cayéndose allá adentro, en las obscuras galerías; luego rumor de alas batiendo furiosamente, y el gotear de la miel esparcida que iba corriendo hasta llegar al borde de alguna abertura al aire libre, desde la cual chorreaba lentamente sobre hojas y ramas. Había, á un lado del río, una especie de playa pequeñísima, de menos de un metro y medio de ancho, y estaba llena de desechos acumulados allí durante innumerables años. Abejas muertas, basura, colmenas viejas, alas de mariposillas merodeadoras que habían ido á perderse en aquel sitio en busca de miel, todo estaba amontonado, formando finísimo polvo negro. El solo olor penetrante de aquel conjunto bastaba para asustar á cualquier ser viviente que careciera de alas y supiese lo que era el Pueblo Diminuto.

De nuevo dirigióse Kaa corriente arriba hasta que llegó á un banco de arena que se hallaba al extremo de aquella garganta.

—Aquí está lo que han muerto en esta estación, dijo. ¡Mira!

Sobre el banco se veían los esqueletos de un par de ciervos y de un búfalo. Mowgli vió que ni lobos ni chacales habían tocado sus huesos, que estaban sobre el suelo en la posición natural.