—Pues si te siguen furiosos, ciegos, sin mirar á ningún lado, fija sólo la vista en tí, los que no mueran arriba caerán al agua aquí ó más abajo, porque el Pueblo Diminuto levantará el vuelo y toda la manada quedará cubierta por él. Las aguas del Wainganga tienen siempre hambre, y ellos no contarán con ninguna Kaa que vaya á sostenerlos cuando caigan, sino que, los que vivan, serán arrastrados por la corriente hasta los bajíos, allá por los Cubiles de Seeonee, y en aquel sitio podría tu manada salirles al encuentro y arrojarse sobre ellos.

¡Ahai! ¡Eowawa! Ni una lluvia cayendo á tiempo en mitad de la estación seca es mejor que este plan. No queda nada por decidir más que la cuestión insignificante de la carrera y del salto. Ya iré yo á que me vean y conozcan los dholes, á fin de que me persigan muy de cerca.

—¿Has visto las rocas que están ahí arriba?... ¿Las has visto desde la tierra?

—¡Ah! no. No se me había ocurrido esto.

—Anda á verlas. La tierra está como podrida, llena de grietas y agujeros. Con que pusieras en falso uno de tus torpes pies la cacería habría terminado. Mira, voy á dejarte aquí y hacer por tí una cosa: ir á contarles á los de la manada lo que hemos dicho, para que sepan dónde podrán encontrar á los dholes. Lo que es por mí, nada tengo yo que ver con ningún lobo.

Cuando á Kaa no le gustaba una amistad mostraba su desagrado con más rudeza que nadie en toda la Selva, excepción hecha, quizá, de Bagheera. Nadó río abajo, y frente á la Peña encontróse con Fao y con Akela que estaban escuchando los ruidos nocturnos.

¡Hisch! ¡Perros! dijo alegremente; los dholes bajarán por el río. Si no les tenéis miedo podréis matarlos en los bajíos.

—¿Cuándo vendrán? dijo Fao.

—¿Y dónde está mi hombre-cachorro? preguntó Akela.

—Vendrán cuando vengan, contestó Kaa. Espéralos y lo verás. En cuanto á tu hombre-cachorro, al cual le has hecho empeñar su palabra, y que has conducido así á la Muerte... tu hombrecito está conmigo, y si no está ya muerto ahora mismo no tienes tú la culpa, ¡perro blanqueado! Espera aquí á los dholes, y alégrate de que el hombre-cachorro y yo peleemos á tu lado.