Volvió Kaa á remontar con rapidez la corriente y dió fondo en mitad de la estrecha garganta, mirando hacia arriba, hacia el borde de los acantilados. De pronto vió la cabeza de Mowgli proyectándose contra las estrellas, luego oyóse un rumor, como un silbido, en el aire, el agudo schloop de un cuerpo que caía de pie, y un momento después hallábase el muchacho descansando nuevamente sobre los anillos del cuerpo de Kaa.
—Este salto no es nada, de noche, dijo Mowgli tranquilamente. Yo he saltado desde doble altura, sólo por gusto; pero ahí arriba sí que es mal sitio: todo son arbustos bajos y zanjas muy profundas, llenos unos y otras de Pueblo Diminuto. Yo he colocado grandes piedras superpuestas en el borde de tres zanjas. Al correr les daré con el pie y las lanzaré abajo y todo el Pueblo Diminuto se levantará detrás de mí, furioso.
—Esto son habladurías y astucias de hombre, dijo Kaa. Tú eres listo, pero ese Pueblo está enfurecido siempre.
—No, al anochecer todas las alas descansan un rato, las que están lejos y las que están cerca. Yo me entretendré con los dholes á esa hora, porque sé que ellos suelen cazar mejor de día. Ahora siguen el rastro de sangre que ha dejado Won-tolla.
—Ni Chil deja nunca un buey muerto, ni los dholes un rastro de sangre, dijo Kaa.
—Pues entonces, yo les daré otro nuevo, hecho con su propia sangre, si me es posible, y les haré morder el polvo. ¿Te quedarás aquí, Kaa, hasta que vuelva con mis dholes?
—Sí, pero ¿y si te matan en la Selva, ó si es el Pueblo Diminuto el que te quita la vida antes de que puedas saltar al río?
—Cuando llegue mañana cazaremos según lo que mañana exija, contestó Mowgli, citando, al decirlo, una frase de uso común en la Selva, y luego añadió: que me canten la Canción de la Muerte cuando muerto esté. ¡Buena suerte, Kaa!
Apartó su brazo del cuello de la serpiente y descendió por la garganta que formaba el río como si fuera un madero arrastrado por una avenida, chapoteando en dirección de la lejana orilla, donde el agua corría más tranquila, y riéndose á carcajadas de puro gozo. Nada había que le gustara tanto á Mowgli, según él mismo había dicho, como jugar con la Muerte, y demostrar á la Selva que él era allí no el amo, sino el archiamo. Con frecuencia había ido á robar, ayudado por Baloo, colmenas de las que las abejas fabrican en árboles aislados, y gracias á ello sabía que el Pueblo Diminuto no puede sufrir el olor del ajo silvestre. Así, pues, recogió un hacecillo de esta planta, lo ató con una tira de corteza, y luego comenzó á seguir el rastro de sangre de Won-tolla, en dirección del Sur, á partir desde los cubiles, por espacio de más de una legua, mirando á los árboles con la cabeza inclinada á un lado, y riéndose como loco, al mirar.
—He sido Mowgli, la Rana, decía entre sí; y he dicho que era Mowgli, el Lobo. Ahora me toca ser Mowgli, el Mono, antes de que llegue á convertirme en Mowgli, el Gamo. Al fin, acabaré por ser Mowgli, el Hombre. ¡Oh! Y al decirlo pasó el dedo pulgar por la hoja de su cuchillo, de diez y siete pulgadas de largo.