El rastro de Won-tolla, todo él una línea de obscuras manchas negras, corría por debajo de un bosque de copudos árboles muy apiñados que se extendía en dirección noreste y que iba clareando, gradualmente, desde la distancia de media legua antes de llegar á las Rocas de las Abejas. Á partir del último árbol hasta llegar á la broza baja de dichas rocas era campo abierto, donde apenas habría logrado esconderse un lobo. Corrió, Mowgli, por debajo de los árboles, calculando las distancias entre rama y rama, ó, de cuando en cuando, encaramándose á un tronco, y saltando, por vía de ensayo, de un árbol á otro, hasta que llegó al campo abierto, que estuvo estudiando cuidadosamente por espacio de una hora. Luego volvióse, tomó nuevamente el rastro de Won-tolla donde lo había dejado, acomodóse en un árbol que tenía una rama saliente á unos dos metros y medio del suelo, y allí se quedó sentado tranquilamente, afilando su cuchillo en la planta del pie y canturreando.
Poco antes del mediodía, cuando el calor del sol era extremado, oyó ruido de pasos y sintió el abominable olor de la manada de dholes que iba siguiendo con aire feroz el rastro de Won-tolla. Vistos desde cierta altura, los perros jaros no parecen tener ni la mitad del tamaño de un lobo; pero Mowgli sabía perfectamente la fuerza que en sus patas y quijadas tenían. Estuvo observando la cabeza puntiaguda y de color bayo del que los dirigía, ocupado en olfatear la pista, y le gritó:
—¡Buena suerte!
Miró hacia arriba la fiera, y sus compañeros se pararon detrás de él, docenas y más docenas de perros jaros, de largas y colgantes colas, de sólidas espaldas, débiles patas traseras, y ensangrentadas bocas. Por lo general, son los dholes muy silenciosos y muy poco amigos de guardar buenas formas, aun entre los suyos. Unos doscientos debían de ser, cuando menos, los que se juntaron á los pies del muchacho; pero notó que los delanteros olfateaban con aire de hambrientos el rastro de Won-tolla é intentaban hacer seguir hacia delante á toda la manada. Esto no le convenía, porque así llegarían á los cubiles en pleno día, y la intención de Mowgli era entretenerlos allí, bajo el árbol, hasta el anochecer.
—¿Con qué permiso venís á este sitio? les dijo.
—Todas las Selvas son nuestras, fué la contestación que obtuvo, y el dhole que se la dió lo hizo enseñándole los dientes. Miró Mowgli hacia abajo sonriendo, é imitó perfectamente los agudos chillidos de Chikai, el ratón saltador del Dekkan, queriendo significar con esto á los dholes que les tenía en tan poco como al mismo Chikai. Agrupóse, entonces, la manada alrededor del tronco del árbol, y el que la dirigía ladró furiosamente llamándole á Mowgli mono. Por toda respuesta alargó el muchacho una de sus desnudas piernas y agitó los dedos del pie, precisamente sobre la cabeza del perro. No se necesitaba más para poner fuera de sí á toda la manada. Los que tienen pelo entre los dedos no gustan de que alguien se lo recuerde ni indirectamente. Apartó Mowgli su pie en el momento en que el jefe de la manada saltaba para mordérselo, y díjole con gran suavidad:
—¡Perro, perro jaro! Vuélvete al Dekkan á comer lagartos. ¡Vete con Chikai, tu hermano... perro, perro... jaro, perro jaro! ¡Tienes pelo entre todos tus dedos! Y, al decirlo, agitó los suyos por segunda vez.
—¡Baja de ahí, antes que te sitiemos por hambre, mono pelón! aulló toda la manada, y eso era precisamente lo que el muchacho quería.
Acostóse á lo largo de la rama, puesto un carrillo contra la corteza, libre el brazo derecho, y en esta posición dijo á la manada cuanto le vino en mientes sobre ellos, sus maneras, sus costumbres, compañeros y pequeñuelos. No hay en el mundo lenguaje tan rencoroso y ofensivo como el que usa el Pueblo de la Selva para manifestar su desdén y el sentimiento de su superioridad. Si os tomáis la molestia de pensar un rato comprenderéis que así sea. Como Mowgli le había dicho á Kaa, tenía en la lengua espinas muy punzantes, y poco á poco, pero deliberadamente, llevó á los dholes desde el silencio á los gruñidos, de éstos al aullar, y del aullar á la más sorda é impotente rabia. Probaron de contestar á sus insultos; pero de igual modo hubiera podido intentar hacerlo un cachorro al cual hubiese enfurecido con su lenguaje Kaa, y durante este tiempo la mano derecha de Mowgli estuvo siempre junto al costado, encogida, pronta á la acción, mientras los pies se cruzaban en torno de la rama. El enorme perro de color bayo había saltado muchas veces en el aire; pero Mowgli no quería arriesgarse á dar un golpe en falso. Al fin, enfurecido hasta un punto que parecía indecible, saltó el animal á más de dos metros desde el nivel del suelo. Entonces la mano del muchacho lanzóse tan rápidamente sobre aquél como si fuera la cabeza de una de las serpientes que viven en los árboles, lo cogió por la piel del pescuezo, y la rama dióle tal sacudida, con el peso de los cuerpos por ella sostenidos, que casi arrojó á Mowgli contra el suelo. Pero no soltó el muchacho su presa, y, pulgada por pulgada, fué levantando, hasta donde él se hallaba, al perro, que colgaba de su mano como un chacal ahogado. Con la mano izquierda empuñó el cuchillo y cortó la roja y peluda cola, arrojando al suelo, después, al dhole. No necesitaba hacer más que lo que había hecho. La manada no seguiría ya adelante, tras el rastro de Won-tolla, hasta entablar con Mowgli un duelo á muerte. Viólos éste sentarse formando círculos, y con un temblor en las ancas que significaba que allí iban á quedarse, por lo cual encaramóse á un sitio más alto donde se cruzaban dos ramas, y entre ellas colocó la espalda con toda comodidad, quedándose dormido.