Despertóse, al cabo de tres ó cuatro horas, y contó los perros que había en la manada. Allí estaban aún todos, silenciosos, con aspecto feroz, secas las fauces y duro el mirar de sus ojos de acero. El sol comenzaba á hundirse en el horizonte. Dentro de media hora el Pueblo Diminuto, allá en las rocas, terminaría su labor, y, como queda dicho, los dholes no pelean tan bien como en mitad del día á la hora del obscurecer.
—No necesitaba tan buenos vigilantes, dijo con irónica cortesía, poniéndose de pie sobre una rama; pero ya me acordaré de esto. Sois verdaderos dholes, pero, en mi opinión, demostráis todos demasiado celo. Por este motivo no le devuelvo su cola á ese gran devorador de lagartos. ¿No estás contento, perro jaro?
—Yo mismo seré quien te saque las tripas, aulló el que dirigía la manada, arañando al pie del árbol.
—No serás, y, en vez de hacer eso, piensa un poco, rata sabia del Dekkan. Ya verás, ahora, cuántas camadas va á haber de perrillos jaros que nacerán sin cola, sí, y con unos muñoncitos rojos en carne viva que les escocerán cuando la arena arda, calentada por el sol. Vuélvete á tu casa, perro jaro, y cuenta á voz en cuello que un mono te ha puesto como estás. ¿No quieres irte? ¡Pues ven conmigo, y yo te enseñaré á ser discreto!
Saltó entonces Mowgli, al estilo de los Bandar-log, al árbol más próximo, de aquél al siguiente, y así al otro, y al de más allá, siguiéndole siempre los perros, con la cabeza levantada, hambrientos. De cuando en cuando fingía caerse, y todos los de la manada tropezaban, entonces, unos con otros, con la prisa que se daban para llegar al sitio donde podrían matarlo. Curioso era el espectáculo que ofrecían el muchacho saltando por las ramas más altas de los árboles, con el cuchillo brillándole á luz del sol, muy bajo ya, y la silenciosa manada de rojizo pelo, que parecía de fuego, apiñándose y siguiéndolo desde abajo. Al llegar al último árbol cogió los ajos que llevaba y se frotó con ellos el cuerpo cuidadosamente, mientras, al verlo, aullaban los dholes con aire de desprecio.
—Mono que tienes lengua de lobo ¿crees que así vas á hacernos perder tu rastro? le dijeron. Te seguiremos hasta matarte.
—Tomad la cola, repuso Mowgli, arrojando hacia atrás lo que había cortado, mientras continuaba huyendo.
Instintivamente lanzóse la manada sobre aquélla.
—Y ahora seguidme... hasta la muerte, añadió.
Habíase ya deslizado desde el tronco de un árbol hasta el suelo, lanzándose, desnudos los pies y ligero como el viento, en dirección de las Rocas de las Abejas, antes de que los dholes pudieran adivinar lo que iba á hacer.