Lanzaron éstos un profundo aullido, y comenzaron á correr con aquel largo y pesado medio galope que acaba por rendir, al fin, á cuanto corra delante de ellos. Sabía Mowgli que su velocidad, cuando iban todos juntos en la manada, era muy inferior á la de los lobos, ó de lo contrario nunca se hubiera arriesgado á una carrera de media legua en campo abierto. Ellos, estaban seguros de que, al fin, se apoderarían del muchacho, y él lo estaba también de que ahora podría jugar con ellos como se le antojara. Todo su trabajo se reducía á mantenerlos suficientemente excitados para evitar que abandonaran su persecución antes de tiempo. Corría metódicamente, con paso igual y gran elasticidad en los miembros, llevando al jefe de la manada, sin cola, á unos cinco metros detrás de él, y á los demás siguiendo en un espacio de terreno que medía, tal vez, cuatrocientos, locos, ciegos de coraje todos los dholes, y con el ansia de matar. El muchacho conservóse siempre á parecida distancia valiéndose únicamente del oido para juzgarla, y reservando su último esfuerzo para cuando se lanzara por entre las Rocas de las Abejas.

El Pueblo Diminuto se había entregado al sueño al comenzar la hora del crepúsculo, porque no era aquélla la estación de las flores que se abren tarde; pero en cuanto sonaron los primeros pasos de Mowgli sobre el suelo hueco, oyó tal ruido que no parecía sino que la tierra entera zumbara. Entonces corrió como nunca había corrido en su vida; dió un puntapié á uno de los montones de piedras... y luego á otro... y á otro... arrojándolos en las obscuras grietas de las que se desprendía un olor dulzón; oyó una especie de bramido semejante al del mar entrando en una caverna; mirando por el rabillo del ojo vió que el aire se obscurecía á su espalda; vió también la corriente del Wainganga allá abajo, y, sobre el agua, una cabeza chata de forma parecida á la de los diamantes; saltó en el vacío con toda su fuerza, sintiendo, mientras estaba en el aire, como el dhole sin cola cerraba la boca tras de su hombro, queriendo morderle; y, al fin, cayó el muchacho sobre el río, de pie, en salvo ya, sin aliento y triunfante. Ni una picada tenía en el cuerpo, porque el olor del ajo había mantenido á distancia al Pueblo Diminuto durante los pocos segundos en que pasó por entre las abejas.

Cuando surgió á la superficie del agua, los anillos de Kaa le sostenían y multitud de cosas caían desde el borde del acantilado: grandes montones, que eran, al parecer, abejas apiñadas, y descendían como plomos de sondas; pero antes de que cualquiera de aquellos montones tocara el agua, las abejas emprendían el vuelo hacia arriba, y el cuerpo de un dhole caía dando vueltas sobre la corriente, que lo arrastraba. Allá, sobre su cabeza, oía furiosos y breves aullidos, ahogados pronto por una especie de bramido, como el del mar al romperse contra los escollos: era el inmenso rumor que producían las alas del Pueblo de las Rocas. Algunos de los dholes habían caído hasta en las grandes grietas que comunicaban con las cavernas subterráneas, y allí, ahogándose, se peleaban y mordían rodeados de panales caídos, para, al fin, levantados, hasta cuando ya estaban muertos, por las ascendentes oleadas de abejas que había debajo de ellos, ir á parar á algún agujero frente al río, desde donde eran lanzados á los negros montones de basura. Otros de los dholes habían saltado sobre los árboles que crecían en los acantilados, y las abejas cubrían sus cuerpos, borrando hasta los contornos de los mismos; pero la mayoría, locos por las picadas recibidas, se lanzaron al río, y, como Kaa había dicho, el Wainganga está siempre hambriento.

Sostuvo Kaa á Mowgli fuertemente hasta que el muchacho hubo recobrado el aliento.

—Más vale que no nos quedemos aquí, dijo. El Pueblo Diminuto anda verdaderamente alborotado. ¡Ven!

Nadando tan aplastado contra el agua como le era posible y zambulléndose con la mayor frecuencia, descendió Mowgli la corriente, cuchillo en mano.

—¡Despacio, despacio! díjole Kaa. Para matar á un centenar no basta un solo diente, como no sea el de una cobra, y muchos de los dholes se arrojaron, sin pérdida de tiempo, al agua cuando vieron que todo el Pueblo Diminuto echaba á volar.

—Pues con eso tendrá más trabajo mi cuchillo. ¡Fai! ¡Cómo nos siguen las abejas!

Mowgli volvió á zambullirse. La superficie del agua estaba cubierta de aquéllas, que susurraban irritadas y picaban cuanto hallaban al paso.

—Nada se pierde nunca con guardar silencio, dijo Kaa (cuyas escamas no había aguijón que pudiera atravesar), y toda la noche tienes de tiempo para tu cacería. ¡Escucha como aullan!