Casi la mitad de la manada se había dado cuenta á tiempo de la trampa en que sus compañeros acababan de caer, y volviéndose rápidamente á un lado había ido á arrojarse al agua donde la estrecha garganta formaba como unos ribazos. Sus gritos de rabia, sus amenazas contra el «mono de los bosques» que acababa de engañarles vergonzosamente llevándolos á aquel sitio, se confundían con los aullidos y el gruñir de los que habían sido picados por el Pueblo Diminuto. Quedarse en la ribera era entregarse á una muerte segura, y bien lo sabía cada uno de los dholes. Su manada iba río abajo, arrastrada por la corriente, hasta los profundos remansos de la Laguna de la Paz; pero, aun allí, las furiosas abejas la perseguían y la obligaban á volver á la corriente. Oía Mowgli la voz del jefe sin cola que animaba á los suyos y les decía que mataran á todos los lobos de Seeonee; mas no perdió el tiempo escuchándola.
—¡Alguien mata en la obscuridad, detrás de nosotros! ladró uno de los dholes. ¡La sangre tiñe el agua!
Mowgli habíase zambullido avanzando al mismo tiempo, como si fuera una nutria, había arrastrado bajo el agua á uno de los dholes antes de que tuviera tiempo ni de abrir la boca, y unos círculos obscuros surgieron á la superficie del agua al reaparecer el cuerpo dando media vuelta hacia un lado. Los dholes habían probado de retroceder; pero la corriente se lo impedía; el Pueblo Diminuto seguía picándoles en la cabeza y en las orejas, y, además, allá en la obscuridad creciente, oían cada vez más fuerte el vocerío amenazador de la manada de Seeonee. Volvió Mowgli á zambullirse, y de nuevo otro dhole fué á parar bajo el agua, surgiendo á la superficie muerto; de nuevo estalló el clamoreo entre los rezagados de la manada, aullando unos que más valía ganar la orilla; otros llamando á su jefe y pidiéndole que los volviera al Dekkan; otros, finalmente, desafiando á Mowgli á que se presentara, para matarlo.
—Esos vienen á la pelea con pensamientos diferentes y muchas voces que hablan á la vez. Lo que falta hacer corresponde á los de tu raza, allá abajo. El Pueblo Diminuto vuelve á irse á dormir. Ya nos han perseguido bastante lejos. Yo también me vuelvo, porque no soy de la misma clase que los lobos. ¡Buena suerte, Hermanito! y acuérdate de que los dholes dirigen bajos sus mordiscos.
Llegó un lobo corriendo en tres patas por la margen del río, ora saltando, ora poniendo de lado y aplastada contra el suelo la cabeza, ya encorvando la espalda, ya brincando á tanta altura como le era posible, ni más ni menos que si estuviera jugando con sus cachorros. Era Won-tolla, el solitario, y en silencio continuó su horrible juego persiguiendo á los dholes. Hacía ya rato que éstos estaban en el agua, y nadaban fatigados, pesándoles el mojado pelo, las gruesas colas colgando como esponjas, tan rendidos que también ellos guardaban silencio, mirando aquel par de ojos llameantes que se movían siempre frente á ellos.
—¡Eso no es cazar bien! dijo uno jadeando.
—¡Buena suerte! exclamó Mowgli, surgiendo del agua valerosamente al lado mismo de la fiera, clavándole su largo cuchillo detrás de un hombro y apretando cuanto pudo para evitar que en la agonía le mordiera.
—¿Estás ahí, Hombre-cachorro? dijo Won-tolla desde la orilla.
—Pregúntaselo á los muertos, solitario, contestó Mowgli. ¿No has visto bajar ninguno por el río? ¡Bien les he hecho morder el polvo á esos perros! Les he engañado en plena luz del día, y su jefe se ha quedado sin cola; pero aun tendrás algunos para entretenerte. ¿Hacia dónde quieres que les obligue á ir?
—Esperaré, dijo Won-tolla. Tengo aun toda la noche de tiempo.