Cada vez se oían más cerca los ladridos de los lobos de Seeonee.

—¡Por la manada! ¡Por la manada en pleno lo hemos jurado!

Y un recodo del río lanzó á los dholes entre la arena y los bajíos que había frente á los Cubiles.

Pronto notaron su error. Debieron haber saltado á tierra unos ochocientos metros más arriba y atacar á los lobos en terreno seco. Ahora era ya tarde para ello. La orilla estaba llena de ojos que parecían de fuego, y exceptuando el horrible feeal, que no se había interrumpido ni un momento desde la puesta del sol, no se oía el menor ruido en la Selva. Dijérase que Won-tolla no había estado haciendo otra cosa que atraerlos hacia aquel sitio para tomar tierra allí.

—¡Dad la vuelta y atacad! dijo el que dirigía á los dholes.

La manada entera se lanzó á la playa, chapoteando por los bajíos hasta que toda la superficie del Wainganga se agitó y cubrió de blanca espuma, formando el agua círculos que iban de un lado á otro del río como al paso de un barco. Siguió Mowgli la embestida, acuchillando á los dholes mientras corrían apiñados por la orilla como una ola.

Entonces comenzó la gran lucha, ya levantándose, ya aplanándose, ya haciéndose pedazos unos á otros, por grupos ó diseminados, á lo largo de la roja, húmeda arena, por encima ó entre las enredadas raíces de los árboles, á través ó en medio de los matorrales, entrando y saliendo por los sitios que cubría la yerba, pues, hasta entonces, eran tantos los dholes, que se hallaban en la proporción de dos contra uno, comparados con los lobos. Pero éstos luchaban por cuanto constituía la razón de ser de la manada, y no eran ya, únicamente, los flacos y altos cazadores de otras veces, de pecho hundido y blancos colmillos, sino que á ellos se juntaban las lahinis de mirada ansiosa (las lobas de cubil, como suelen llamarse), luchando por sus camadas, y acompañadas, de cuando en cuando, por algún lobo de un año, de piel lanosa aun, como que no había mudado el pelo, y que iba á su lado tirando y agarrándose de ellas. Un lobo (bien debéis saberlo) ataca arrojándose á la garganta ó mordiendo hacia los costados, mientras que un dhole procura, generalmente, morder en el vientre, de modo que cuando estos últimos peleaban fuera del agua, y tenían que levantar la cabeza para ello, los lobos llevaban ventaja. Sobre la tierra seca hallábanse, por el contrario, en condiciones de inferioridad; pero, fuera en el agua ó en la tierra, el cuchillo de Mowgli no descansaba un momento. Los cuatro habíanse, al fin, abierto paso hasta llegar á su lado. El Hermano Gris, agachado entre las rodillas del muchacho, le amparaba los golpes dirigidos al vientre, mientras los demás le guardaban la espalda y los costados, ó le cubrían con su cuerpo cuando la sacudida de un dhole, que se había lanzado con toda su fuerza contra la resistente hoja del cuchillo, al saltar aullando le arrastraba al suelo en su caída. En cuanto á los demás que combatían no eran más que una masa desordenada y confusa, una apretada y ondulante multitud, que ora iba de derecha á izquierda, ora de izquierda á derecha, á lo largo de la orilla del río, ó bien giraba pausadamente, una y otra vez, sobre su propio centro. Aquí, se elevaba como una trinchera, se hinchaba como una burbuja de agua en un torbellino, y la burbuja se rompía y lanzaba al aire cuatro ó cinco perros heridos, cada uno de los cuales se esforzaba en volver al centro; allá, veíase á un lobo solo, vencido por dos ó tres dholes, y arrastrándoles hacia delante trabajosamente, cayéndose rendido con el esfuerzo; más allá, un cachorro de un año quedaba sostenido en el aire por la presión de los que le rodeaban, aunque rato hacía que estaba muerto, mientras su madre, loca de coraje, silenciosa, pasaba y volvía á pasar, mordiendo siempre; y, en medio de la pelea, sucedía, tal vez, que un lobo y un dhole, olvidándose de todos los demás, se preparaban hábilmente para ver quién sería el primero en morder, hasta que, de pronto, un verdadero torbellino de furiosos combatientes se los llevaba á ambos. Una vez, pasó Mowgli junto á Akela, que llevaba á cada lado un dhole y apretaba en aquel momento las quijadas, casi sin dientes ya, sobre los ijares de un tercero; otra vez, vió á Fao con los dientes clavados en la garganta de un dhole, arrastrándolo por fuerza hacia delante, hasta llevarlo á donde los lobos de un año pudieran acabar con él. Pero lo principal de la lucha no era más que ciega confusión y un continuo ahogarse en medio de la obscuridad; dar golpes, pernear, caerse, ladrar, gruñir y mucho morder y desgarrar en torno suyo y por todos lados. Al avanzar la noche, el rápido é insoportable movimiento giratorio aumentó aún. Los dholes, acobardados, no se atrevían á atacar á los lobos, más fuertes que ellos; pero tampoco se atrevían á huir. Adivinó Mowgli que la pelea tocaba á su fin, y contentóse ya no más que con herir, para dejar inutilizadas á sus víctimas. Los lobos de un año iban haciéndose más atrevidos á cada momento; de cuando en cuando era ya posible tomar algún respiro, hablar con el compañero que estaba al lado, y el solo brillar del cuchillo bastaba á veces para hacer retroceder á alguno de los perros.

—Casi no falta más que el hueso por roer, gritó el Hermano Gris, que iba manando sangre por veinte heridas á la vez.

—Pero hay que roerlo, contestó Mowgli. ¡Eowawa! ¡Así hacemos las cosas en la Selva!

Y al decir esto, la ensangrentada hoja del cuchillo, brillando como una llama, fué á hundirse en los ijares de un dhole cuyos cuartos posteriores quedaban ocultos por el cuerpo de un lobo que lo tenía agarrado.