—¡Es mi presa! gruñó el lobo arrugando la nariz. ¡Déjamelo!

—¿Tienes aún vacío el vientre, solitario? preguntóle Mowgli.

Won-tolla estaba tan lleno de heridas que su aspecto horrorizaba, pero, así y todo, tenía como paralizado al dhole bajo sus garras, y éste no podía volverse para morderle.

—¡Por el toro que me rescató! dijo Mowgli con amarga sonrisa. ¡Si es el rabón!

Y, en efecto, era el perro de color bayo que dirigía la manada.

—No es discreto el matar cachorros y lahinis (dijo Mowgli filosóficamente y enjugándose la sangre que le cubría los ojos), como no sea que uno haya matado también al solitario; y mucho me parece que esta vez va á ser Won-tolla quien te mate á tí.

Acudió en aquel momento un perro en ayuda de su jefe; pero, antes de que hubiera clavado los dientes en el costado de Won-tolla, el cuchillo de Mowgli se había clavado en su garganta, y el Hermano Gris se encargó de rematarlo.

—Así es como hacemos las cosas en la Selva, repitió Mowgli.

Won-tolla nada dijo: únicamente sus quijadas fueron apretándose cada vez más sobre el espinazo del dhole, al paso que su propia vida tocaba á su fin. Estremecióse el perro, inclinó la cabeza y quedó tendido, inmóvil, mientras el mismo Won-tolla caía también sobre su cuerpo.

¡Huh! La deuda de sangre queda ya pagada, dijo Mowgli. Canta la canción, Won-tolla.