—No cazará ya más, observó el Hermano Gris. Ni Akela tampoco, continuó, porque hace mucho rato que guarda silencio.
—¡Hemos roído ya el hueso! gritó con voz de trueno Fao, el hijo de Faona. ¡Ya huyen! ¡Matadlos, exterminadlos á todos, cazadores del Pueblo Libre!
Uno tras otro, iban retirándose paulatinamente los dholes de aquella obscura y ensangrentada arena hacia el río, hacia la espesa Selva, corriente arriba ó corriente abajo, según donde hallaban despejado el camino.
—¡La deuda! ¡La deuda! gritó Mowgli. ¡Hay que hacérsela pagar! ¡Han asesinado al solitario! ¡No dejéis escapar ni á uno con vida!
Corría como una exhalación hacia el río, cuchillo en mano, para detener á cualquiera de los perros jaros que intentara arrojarse al agua, cuando, bajo un montón de nueve cadáveres, vió surgir la cabeza y los cuartos anteriores de Akela. Mowgli dejóse caer de rodillas al lado del lobo.
—¿No te dije que ésta sería mi última lucha? dijo Akela jadeando. La cacería ha sido buena... ¿Y tú, Hermanito?
—Yo estoy vivo, y he matado á muchos.
—¡Bien! Yo me muero y... y quisiera morir á tu lado, Hermanito.
Cogió Mowgli la cabeza, llena de horrorosas heridas, colocóla sobre sus rodillas y le echó al animal los brazos al cuello, desgarrado también.
—¡Cuánto tiempo ha pasado desde aquéllos en que vivía Shere Khan y en que un Hombre-cachorro se revolcaba desnudo por el polvo!