—¡No! ¡No! Yo soy un lobo. Yo soy de la misma raza que el Pueblo Libre, dijo Mowgli llorando. ¡No quiero ser un hombre!
—Un hombre eres, Hermanito, lobato á quien he vigilado. Eres un hombre, ó de lo contrario la manada hubiera huído frente á los dholes. Te debo la vida, y hoy nos has salvado á todos, de igual suerte que yo te salvé á tí. ¿Lo has olvidado? Todas las deudas quedan ya satisfechas. Vete con tu propia gente. Te repito, luz de mis ojos, que la cacería ha terminado. Vuélvete á donde están los tuyos.
—No iré nunca. Cazaré solo en la Selva. Ya lo he dicho.
—Tras el verano vienen las lluvias, y tras las lluvias la primavera. Vuélvete antes de que te veas obligado á hacerlo.
—¿Y quién me obligará?
—Mowgli mismo obligará á Mowgli.
—Pues cuando Mowgli sea quien obligue á Mowgli á marcharse entonces me iré, contestó el muchacho.
—Nada más tengo que decirte respecto á esto, continuó Akela. Hermanito, ¿no podrías levantarme y ponerme en pie? También yo fuí jefe del Pueblo Libre.
Con el mayor cuidado y muy suavemente levantó y apartó Mowgli los cuerpos amontonados, puso en pie á Akela, abrazándolo, y el Lobo Solitario resolló con fuerza y comenzó á cantar la Canción de la Muerte que todo jefe de manada debe cantar al morir. Fué adquiriendo mayor fuerza por momentos, elevándose, elevándose, resonando á través del río, hasta llegar al grito final de: ¡Buena suerte! Entonces, arrancóse Akela por un instante de los brazos de Mowgli, y, saltando en el aire, cayó de espalda sobre su postrera y más temible víctima.
Sentóse Mowgli con la cabeza entre las rodillas, sin prestar atención á otra cosa alguna, mientras los rezagados de los dholes que huían eran perseguidos y destrozados por las implacables lahinis. Poco á poco, fueron cesando los gritos y los lobos volvieron cojeando, porque sus heridas les molestaban más y más por momentos, para hacerse cargo de las bajas que habían tenido. Quince de los de la manada y media docena de lahinis quedaban muertos junto al río, y de los restantes ni uno estaba ileso. Mowgli quedóse allí sentado hasta la hora del alba, cuando el húmedo y enrojecido hocico de Fao fué á ponerse sobre una de sus manos, y entonces apartóse el muchacho para mostrarle el demacrado cuerpo de Akela.