Quedóse éste callado. Cuando, por fin, rompió el silencio, fué para decir como hablando consigo mismo:
—La Negra estaba en lo cierto.
—¿Y qué es lo que dijo?
—Que, al fin, el hombre vuelve siempre al hombre. Raksha, nuestra madre, dijo...
—También Akela, aquella noche de los perros jaros... murmuró Mowgli.
—Lo mismo dice Kaa, que sabe más que todos nosotros.
—¿Y tú? ¿qué opinas, Hermano gris?
—Te expulsaron una vez llenándote de insultos. Hiriéronte en la boca con una piedra. Mandaron á Buldeo para que te asesinara. Te hubieran arrojado sobre la Flor Roja. Tú mismo (y no yo) has dicho que son malos y necios. Tú, y no yo... (porque yo no hice más que seguir á los míos), tú fuíste quien lanzó á la Selva contra ellos. Tú, y no yo, inventaste una canción contra los hombres, más amarga aun que la nuestra contra los perros jaros.
—Te pregunto qué es lo que tú opinas.
Hablaban ambos mientras iban corriendo. El Hermano Gris galopó aún un rato más sin contestar, y, al fin, dijo entre salto y salto: