—Hombre-cachorro... Dueño de la Selva... Hijo de Raksha, hermano mío... aunque sea algo olvidadizo en primavera, tu rastro es el mío, tu cubil es mi cubil, tu caza es la mía, y donde tú mueras luchando, moriré yo. Hablo, también, en nombre de los otros tres. Pero ¿y qué vas á decirle ahora á la Selva?

—Bien pensado. Entre ver una pieza y el acto de matarla no conviene que pase mucho rato. Adelántate y llámalos á todos para que asistan al Consejo de la Peña, y yo les diré entonces lo que aquí en el pecho siento. Pero tal vez no acudirán al llamamiento... como estamos en la época del Lenguaje Nuevo, quizá me olvidarán.

—¿Es que tú no te has olvidado alguna vez de algo? ladró el Hermano Gris, volviendo la cabeza mientras corría á galope y Mowgli le seguía pensativo.

En cualquiera otra época la noticia hubiera atraído á todos los habitantes de la Selva, que se hubieran presentado juntos, erizados todos los pelos del cuello; pero ahora se hallaban muy ocupados cazando, peleándose, y cantando. De uno á otro fué corriendo el Hermano Gris, gritando:

—¡El Amo de la Selva se vuelve con los hombres! ¡Venid al Consejo de la Peña!

Y todos, alegres, pletóricos de vida, le contestaban únicamente:

—Ya volverá con los calores del verano. Las lluvias le traerán nuevamente al cubil. Ven á correr y á cantar con nosotros, Hermano Gris.

—Pero es que el Dueño de la Selva vuelve á irse con los hombres, repetía el Hermano Gris.

¡Eee-Yoawa! ¿Acaso es menos dulce por esto la época del Lenguaje Nuevo? le contestaban.

Como consecuencia, cuando Mowgli, con el corazón oprimido, subió por entre las rocas que tan bien conocía, al sitio en que, en otro tiempo, le presentaron al Consejo, no halló allí más que á los cuatro, Baloo, que estaba ya casi ciego con los años, y la pesada y fría Kaa, enroscada en el puesto que solía ocupar Akela.