—¿Termina, pues, aquí tu rastro, Hombrecito? dijo Kaa cuando Mowgli se arrojó al suelo con el rostro entre las manos. Lanza tu grito: somos de la misma sangre tú y yo... el hombre y la serpiente.
—¿Por qué no me mataron los perros jaros? gimió el muchacho. Mi fuerza me ha abandonado, y no es ningún veneno la causa. De día y de noche oigo unos pasos que van siguiendo los míos. Si vuelvo la cabeza paréceme que en aquel mismo instante alguien se esconde para que no le vea. Voy á ver si está detrás de los árboles, y nadie hay allí. Llamo, y nadie me responde: pero creo que alguien me escucha y se guarda la respuesta. Echome, y no puedo descansar. Corro, como corremos en la primavera, pero no me siento por ello más calmado. Báñome, pero el baño no me refresca. Disgústame el matar, y, con todo, no me atrevo á luchar más que cuando, al fin, mato. La Flor Roja está en mi cuerpo... mis huesos se han vuelto como el agua... y... no sé lo que me pasa.
—¿Qué necesidad hay de que hablemos? dijo Baloo muy reposadamente, volviendo la cabeza hacia el sitio en que estaba echado Mowgli. Akela, allá junto al río, dijo que Mowgli arrastraría á Mowgli nuevamente hacia la manada de los hombres. Yo lo dije también. Pero ¿quién escucha ahora á Baloo? Bagheera... ¿dónde está Bagheera esta noche?... Ella lo sabe igualmente. Es la Ley.
—Cuando nos encontramos en las Moradas Frías, Hombrecito, ya lo sabía yo, dijo Kaa, volviéndose un poco, enroscada en sus potentes anillos. Al fin, el Hombre siempre vuelve al Hombre, aunque la Selva no lo arroje de su seno.
Los cuatro miráronse uno á otro y luego á Mowgli, perplejos, pero prontos á obedecer.
—¿Entonces, la Selva no me expulsa, pues? balbuceó Mowgli.
El Hermano gris y los otros tres lobos gruñeron furiosos, y comenzaron á decir:
—Mientras nosotros estemos vivos nadie se atreverá...
Pero Baloo los hizo callar en seguida.
—Yo te enseñé la Ley. Á mí es á quien toca hablar, dijo, y, aunque no vea ya ni las rocas que tengo delante, veo muy lejos. Ranita, sigue tu rastro; haz tu cubil entre los de tu propia sangre, entre los de tu manada, entre tu propia gente; pero cuando necesites comida, ó quieras que te ayudemos con los dientes, con los ojos ó llevando rápidamente, por la noche, alguna orden tuya, acuérdate, Dueño de la Selva, de que ésta está pronta á obedecerte.